martes, 16 de mayo de 2023

EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3 VERSICULO 18


 

 

EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3 VERSICULO 18

RV1960

NVI1999

BTX4

El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

El que cree en él no es condenado, pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.

El que cree en Él no es juzgado, pero el que no cree, ya ha sido juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito Hijo de DIOS.

TR+

INA27+

VUL

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qui credit in eum non iudicatur qui autem non credit iam iudicatus est quia non credidit in nomine unigeniti Filii Dei

KJV

He that believeth on him is not condemned: but he that believeth not is condemned already, because he hath not believed in the name of the only begotten Son of God.

TCB

No es condenado. Jua_3:36; Jua_5:24; Jua_6:40, Jua_6:47; Jua_20:31; Rom_5:1; Rom_8:1, Rom_8:34; 1Jn_5:12.

 

Es condenado, porque no ha creido. Mar_16:16; Heb_2:3; Heb_12:25; 1Jn_5:10.

 

COMENTARIOS:

JOHN PIPER

“En el versículo 16, Jesús describe dos resultados posibles al envío que Dios hace de su Hijo. Todo el que cree en Él tendrá vida eterna. Pero todo el que no cree, dice Jesús, se perderá. Versículo 16: “… para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

En la Corte Judicial

Ahora vea la forma en que el versículo 18 describe estas dos posibilidades: “El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que el resultado de creer y no creer no es descrito en términos de que nos perdamos o tengamos vida eterna, sino en términos de ser condenados o no condenados.

En otras palabras, el versículo 18 pasa a un lenguaje legal -el lenguaje de una corte judicial. El lenguaje del juicio. Un juez dice condenado o no-condenado. Así que Jesús ha ido de un lenguaje de vida y muerte a un lenguaje de culpable y no culpable.

Este cambio en el lenguaje ya había ocurrido en el versículo 17 “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él”. La traducción literal es simplemente: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo”. Ese es el lenguaje de una corte de justicia, un lenguaje legal.

Ya Condenados

El versículo 17 da lugar a la pregunta: Si Cristo no vino para condenar, ¿por qué algunos son condenados? Y el versículo 18 explica que aunque algunos son, de hecho, juzgados y condenados, es porque ya estaban en esa condición cuando vino Jesús. Versículos 18 “El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado”.

Esto es importante. Vea el mismo principio en el versículo 36: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”. La palabra permanece tiene el mismo uso, en versículo el 36, que la palabra ya en el versículo 18.

No hay un Mundo Neutral

Jesús no vino a un mundo neutral donde resultó que algunas personas dejaron la neutralidad y se volvieron anti-Jesús, y otros dejaron la neutralidad para volverse pro - Jesús. Nadie era neutral. Y nadie es neutral. Todos hemos pecado. Todos somos culpables. Todos estamos pereciendo. Por tanto, todos estamos bajo la justa ira de Dios. Y ya estamos condenados.

Nuestra permanencia en condenación depende de cómo respondamos a Jesús. Él no vino para que las personas neutrales se volvieran a favor de Jesús, sino para que las personas culpables, se volvieran no-culpables, para que las personas condenadas, se volvieran nocondenadas, y para que los muertos se volvieran eternamente vivos. A nadie debe Dios la absolución, tampoco la vida. El hecho de que Jesús viniera para ofrecerla, y que algunos la acepten, es por una gracia inmerecida.”

WILLIAM GURNALL

“La conciencia no puede estar llena de convicción del pecado y, al mismo tiempo, el corazón estarlo de soberbia. Dos cosas son necesarias para la fe: la convicción de pecado, como el dolor de la herida que le hace buscar la medicina para curarla; y el sentido de impotencia e insuficiencia, que le hace volverse a Cristo para la cura. No saldríamos a pedir aquello que ya tuviésemos en casa.

Sin embargo, no son estos preliminares, sino el recibir a Cristo y descansar en él, lo que constituye el acto de fe al que se promete la justificación: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Jn. 3:18). No todo aquel que asiente a la verdad de lo que dice la Biblia acerca de Cristo, cree en él. Esta fe en Cristo implica una unión del alma con él y la confianza que descansa en él.

Por tanto, se nos manda aferrarnos a Cristo: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo” (Is. 27:5). También se llama a Cristo el “brazo” de Dios: lo que salva al que se está ahogando no es el ver un brazo extendido sobre las aguas, sino el aferrarse a él.”

OCTAVIUS WINSLOW

“El pecado tiene un poder de condena. "El que no cree, ya ha sido condenado". Pero nuestro bendito Señor Jesucristo fue condenado por el pecado, y condenó el pecado en la cruz. Los pecados de sus elegidos fueron procesados, juzgados, condenados y ejecutados, cuando clamó: "Consumado es". De ahí la gloriosa declaración con la que el Apóstol abre ese capítulo notablemente rico y magnífico de su epístola a los romanos: "Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús".

La salvación de Cristo redime a Israel de toda condenación legal. El mundo puede condenar, los santos pueden condenar, la conciencia puede condenar, ¡pero Dios nunca! "El que en él cree, no es condenado." Bien podemos exclamar, en el adorado lenguaje del Apóstol: "¡Gracias a Dios por su don inefable!”

JONATHAN EDWARDS

“Admitir un alma a la unión con Cristo es un acto de gracia soberana y libre; pero excluir en la muerte y en el día del juicio a aquellos profesantes del cristianismo que han recibido las ofertas de un Salvador y disfrutado de grandes privilegios como pueblo de Dios, es un procedimiento judicial y un castigo justo por su trato indigno de Cristo. El propósito de este dicho de Cristo es hacerlos conscientes de la indignidad de su trato con Cristo, quien profesó que él era su Señor y Salvador, y lo puso por debajo de su padre y su madre, riquezas, trabajo, etc. y no mostrar el mérito de amarlo más que a todo ello.

Si a un mendigo se le ofreciera un regalo grande y precioso, pero tan pronto como se lo ofreciera, lo pisoteara bajo sus pies, se lo podrían quitar, como indigno de tenerlo. O si se le ofreciera el perdón a un malhechor, para que pudiera ser liberado de la ejecución, y sólo se burlara de ello, se le podría negar su perdón por indigno de él. Esto puede enseñarnos a entender Hechos 13:46. “Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles.”

SAN JUAN CRISOSTOMO

“Mas si el Hijo no vino para juzgar al mundo, ¿cómo es que quien no cree ya está juzgado cuando aún no es el tiempo del juicio? El Salvador dice eso porque la misma incredulidad es ya un castigo, cuando es obstinada y sin ninguna reconsideración, por cuanto el hecho mismo de estar privado de la luz constituye ya un grave castigo Y también porque prefigura un hecho venidero. El incrédulo es como el homicida, quien, aunque no sea castigado por el juez, lo es por la propia naturaleza de su delito.

En ese sentido, Adán murió el mismo día en que comió del árbol. La pena con que fueron amenazados era: el día que comáis del árbol moriréis. Y en realidad continuó viviendo.

¿En qué sentido estaba muerto? Por la fuerza de la pena con que se les había amenazado y por la misma naturaleza de su transgresión. Quien se ha hecho merecedor de un castigo, está ya abocado a él desde el primer momento.

Aunque de hecho no lo padezca entonces, la sentencia siempre le acompaña. Para que nadie, al oír las palabras: no he venido a juzgar al mundo, pensara que podía pecar impunemente y se hiciera, por ello, más negligente que antes, Cristo nos previno contra la tentación de abandonarnos a tal extremo de relajación añadiendo que, quien hace eso está ya condenado. En verdad fue un acto de extrema benevolencia por parte de Dios el de no contentarse con habernos entregado a su Hijo, sino llegar a retrasar la hora del castigo para que los pecadores e incrédulos puedan purificarse de sus pecados.

Quien cree en el Hijo no será juzgado. Quien cree, no quien curiosamente pregunta. Quien cree, no quien investiga demasiado y con impertinencia. ¿Cómo podrá nadie evitar el juicio si no es pura su vida y buenas sus acciones? De esos dice san Pablo que no son verdaderos fieles: Afirman conocer a Dios, pero lo niegan con los hechos. En ese pasaje dice san Pablo que éstos no serán juzgados por su incredulidad, sino que serán castigados, y más gravemente, por la maldad de sus acciones. No serán castigados por su incredulidad porque, de hecho, habrán creído.”

CHARLES SPURGEON

El que en él cree, no es condenado". Si ha oído hablar de la salvación de Cristo y no ha creído en él, eso es evidencia suficiente de su condenación. No hay necesidad de probar sus malas obras, no es necesario buscar su diario y entregar el registro de su vida. Si no has creído en Jesucristo, muestra una falta natural de santidad, una falta de amor al Dios amoroso; y por esa evidencia ya estás condenado, porque no has creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

El Evangelio dice así: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo. El que no creyere, será condenado". La fe en Cristo, entonces, es un deber ordenado así como un privilegio bendito, y qué misericordia es que sea un deber; porque nunca puede haber ninguna duda de que un hombre tiene derecho a cumplir con su deber. Ahora, sobre la base de que Dios me ordena que crea, tengo derecho a creer, sea yo quien pueda. El evangelio se envía a toda criatura. Bueno, yo pertenezco a esa tribu; Soy una de todas las criaturas, y ese evangelio me manda a creer y lo hago. No puedo haber hecho mal al hacerlo porque se me ordenó que lo hiciera. No puedo equivocarme al obedecer un mandato de Dios.

Ahora bien, es un mandato de Dios dado a toda criatura que crea en Jesucristo, a quien Dios ha enviado. Ésta es tu garantía, pecador, y es una bendita garantía, porque es una que el infierno no puede contradecir y que el cielo no puede retirar. No necesita mirar hacia adentro para buscar las vagas garantías de su experiencia, no necesita mirar sus obras y sus sentimientos, para obtener algunas garantías aburridas e insuficientes para su confianza en Cristo. Puedes creer en Cristo porque él te dice que lo hagas. Ese es un terreno seguro sobre el que pararse y que no admite dudas.

"Esa terrible frase: "El que no creyere, será condenado", no se agregó por enojo, sino porque el Señor conocía nuestra tonta locura, y que deberíamos rechazar nuestras propias misericordias a menos que nos gritara para hacernos venir a la fiesta. “Oblígalos a entrar”; esta fue la Palabra del Maestro de antaño, y ese texto es parte de la ejecución de esa exhortación, "Oblíguenlos a entrar".

Pecador, no puedes perderte confiando en Cristo, pero estarás perdido si no confías en él, sí, y perdido por no confiar en él. Lo digo con valentía ahora: pecador, no solo puedes venir, sino ¡oh! Te ruego que no desafíes la ira de Dios negándote a venir. La puerta de la misericordia está abierta de par en par; ¿Por qué no vienes? ¿Por qué no lo harás? ¿Por qué tan orgulloso? ¿Por qué seguirás rechazando su voz y perecerás en tus pecados?”

DAVID GUZIK

“Un problema importante con respecto a los que no creen es, “¿Qué pasa con aquellos que nunca tuvieron oportunidad de creer porque nunca escucharon las buenas noticias de Cristo Jesús?” Esta es una pregunta importante, pero separada, la cual es mejor respondida por el Apóstol Pablo en Romanos 1 y 2. Aquí, el enfoque parece estar en aquellos que deliberadamente rechazan el mensaje, como lo hicieron aquellos que escucharon y se encontraron con Jesús en el primer siglo.

“Aquí no se hace mención explícita de aquellos que no tuvieron oportunidad de creer en Cristo, aquellos sobre los cuales nunca brilló la luz en su plenitud. Pero las palabras de Juan probablemente desarrollan el principio de su juicio también. Así como el Verbo eterno vino a los hombres y mujeres antes de encarnar en Cristo, así también la luz de Dios. Si los hombres y las mujeres son juzgados por su respuesta a la luz, son juzgados por su respuesta a tal luz conforme está disponible para ellos.” (Bruce).”

LUIS PALAU

“El juicio es necesario porque hay millones que no quieren creer en Dios. A pesar de que el hombre necesita desesperadamente de la gracia salvadora del Señor, está en franca rebeldía contra la ley divina, rechaza a Dios y niega que él pueda ayudarlo. Todos confrontamos o hemos confrontado a Dios con una mirada de rebeldía, por eso merecemos su juicio (Ro. 5:16). El hombre es culpable delante del tribunal de Dios pues ha quebrantado su ley.

¿Qué es en realidad lo que nos condena? El hecho de no creer en Jesús, ya que es mucho más grave de lo que imaginamos. No aceptar la Biblia como Palabra de Dios equivale a rechazar el testimonio que allí encontramos sobre Cristo.”

JUAN CALVINO

El que cree en él no es condenado. Cuando repite con tanta frecuencia y con tanta seriedad que todos los creyentes están fuera del peligro de muerte, podemos inferir de ello la gran necesidad de una confianza firme y segura, para que la conciencia no se mantenga perpetuamente en un estado de temblor y alarma. Declara nuevamente que, cuando hayamos creído, no queda condenación, que luego explicará con más detalle en el Capítulo Quinto. El tiempo presente - no está condenado - se usa aquí en lugar del tiempo futuro - no será condenado - según la costumbre del idioma hebreo; porque quiere decir que los creyentes están a salvo del temor a la condenación.

Pero el que no cree, ya ha sido condenado. Esto significa que no hay otro remedio por el cual ningún ser humano pueda escapar de la muerte; o, en otras palabras, que para todos los que rechazan la vida que les fue dada en Cristo, no queda más que la muerte, ya que la vida no consiste en otra cosa que en la fe. El tiempo pasado del verbo, ya está condenado, (hdh kekritai) fue usado por él enfáticamente, (emfatikwz) para expresar con más fuerza que todos los incrédulos están completamente arruinados.

Pero debe observarse que Cristo habla especialmente de aquellos cuya maldad se manifestará en abierto desprecio del Evangelio. Porque si bien es cierto que nunca hubo otro remedio para escapar de la muerte que el que los hombres se acercaran a Cristo, sin embargo, como Cristo habla aquí de la predicación del Evangelio, que se iba a difundir por todo el mundo, dirige su discurso contra aquellos que deliberada y maliciosamente apagan la luz que Dios había encendido.”

JOHN MACARTHUR

“En el Evangelio de Juan, Jesús declaró más adelante: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (5:24). Pablo escribió triunfalmente a los romanos así: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús… ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:1, 33-34). David dijo lleno de alegría: “Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño” (Sal. 32:1-2).”

JOHANNES BRENZ

“Esta es la suma de toda la predicación: los que creen en Cristo no son condenados y los que no creen están condenados. Nada salva excepto la fe. Las obras no salvan y los méritos no salvan. Nada condena salvo la falta de fe. Esta es en verdad la gloria del evangelio, que los pecados no condenan, pero la incredulidad sola es lo que trae la condenación. Además, cuando se dice que las obras no salvan, no debes pensar que las buenas acciones no deben realizarse. Y cuando se dice que los pecados no condenan, no debes pensar que ahora se te permite pecar con impunidad.

Porque la fe salva porque acoge todas las cosas buenas de Cristo y obra todas las cosas buenas en el creyente. Así como recibe la justicia de Cristo, dispensa esa justicia a su vez mediante obras de amor. La incredulidad, sin embargo, condena porque rechaza y condena todas las cosas buenas de Cristo y es el autor de todos los males. Porque así como recibe toda injusticia de Satanás, que es mentira, así derrama todo mal contra Dios y contra los seres humanos. No hace nada con rectitud, siempre peca, siempre viola la ley de Dios. Así que la afirmación es muy justa: quien no cree, ya está condenado. ¿Por qué?

Porque esa persona no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Cual es ese nombre El nombre de Cristo es Dios, el justo, el rey, el bueno, la salvación, la vida, la luz, la redención. Por tanto, todo aquel que cree en el nombre de Cristo recibe por la fe a Dios justicia, realeza, bondad, salvación, vida, luz y redención.”

ALBERT BARNES

“Todos los hombres están condenados por naturaleza. Sólo hay una manera de ser liberados de este estado al creer en el Hijo de Dios. Los que no creen o permanecen en ese estado, todavía están condenados, PORQUE no han abrazado el único camino en que pueden librarse de él".

Sin embargo, aquellos a quienes llega el evangelio (y lo rechazan) aumentan grandemente su culpa y condenación. Rechazando las ofertas de misericordia y pisoteando la sangre del Hijo de Dios, Lucas 12:47 “Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes.”; Mt 11:23 “Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta el día de hoy.”; Hebreos 10:29 “¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?”; Pr 1:24-30 “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, Extendí mi mano, y no hubo quien atendiese, Sino que desechasteis todo consejo mío Y mi reprensión no quisisteis, También yo me reiré en vuestra calamidad, Y me burlaré cuando os viniere lo que teméis; Cuando viniere como una destrucción lo que teméis, Y vuestra calamidad llegare como un torbellino; Cuando sobre vosotros viniere tribulación y angustia. Entonces me llamarán, y no responderé; Me buscarán de mañana, y no me hallarán. Por cuanto aborrecieron la sabiduría, Y no escogieron el temor de Jehová, Ni quisieron mi consejo, Y menospreciaron toda reprensión mía”. Y hay miles que van a la eternidad bajo esta doble condena. 1º. Por pecado abierto y positivo; y, 2do. Por rechazar la misericordia de Dios y despreciar el evangelio de su Hijo. Esto es lo que hará la condenación de los pecadores en tierras cristianas tan terrible.”

GRANT OSBORNE

“Para aquellos que toman una decisión de fe, no hay ninguna condenación. Se presentan ante Dios justificados, o declarados justos con él en su tribunal (Ro 3:24). Los incrédulos, por otro lado, “ya ha[n] sido condenado[s] porque no ha[n] creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” El “ya” se refiere al momento en que rechazaron a Cristo. Este no es el juicio final en el Gran Trono Blanco de Apocalipsis 20:11–15, sino la condena general que recae sobre aquellos que se niegan a creer. Cada persona es atraída por la presencia convincente del Espíritu (Jn 16:8–11) a la decisión de fe en el “nombre del unigénito Hijo de Dios” (1:14). Como se discutió en los comentarios en 1:12; 2:23, el “nombre” de Jesús se refiere a todo lo que él es como Dios-hombre.”

J.C RYLE

“[El que en él cree, no es condenado]. En este versículo, nuestro Señor muestra a Nicodemo otra cosa “celestial”. Expone los privilegios de creer y el peligro de no creer en el Hijo de Dios. Nicodemo se ha dirigido a Él como maestro “venido de Dios”. Y Él quiere que Nicodemo sepa que es el Altísimo y el Santísimo, que creer en Él supone la vida eterna mientras que, no creer en Él, la destrucción eterna. Los hombres tenían ante sí la vida o la muerte. Si creían en Él y lo recibían como el Mesías, se salvarían. Si no creían, morirían en sus pecados.

La expresión “el que en él cree” merece particular atención. Es la tercera vez en cuatro versículos que nuestro Señor habla de “creer” en Él y de sus consecuencias. Muestra la inmensa importancia de la fe en la justificación del pecador. Es aquello sin lo cual no se podría tener la vida eterna. Muestra la asombrosa misericordia del Evangelio y cuán admirablemente se ajusta a las necesidades de la naturaleza humana. Un hombre puede haber sido el peor de los pecadores, pero con solo “creer” es perdonado de inmediato.

En último lugar, pero no por ello menos importante, muestra la necesidad de tener ideas claras e inequívocas con respecto a la naturaleza de la fe salvadora y la importancia de mantenerla completamente independiente de cualquier obra en la cuestión de la justificación. La fe, y únicamente la fe, hace tener parte en Cristo. Por paradójico y desconcertante que suene, es completamente cierto el viejo dicho de los tiempos de Lutero: “La fe que justifica no es la que incluye obras de caridad, sino la fe que se aferra a Cristo”.

La expresión “no es condenado” equivale a decir “es perdonado, absuelto, justificado, eximido de toda culpa, liberado de la maldición de una ley quebrantada, no contado ya como pecador, sino reconocido como perfectamente justo a los ojos de Dios”. Considérese sobre todo la que la frase está en presente. No se dice que el creyente “no será condenado en el último día”, sino que “no es condenado”. En el mismísimo momento en que un pecador cree en Cristo, se quitan sus iniquidades y se le cuenta como justo: “De todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:39).

[El que no cree, ya ha sido condenado]. Esta frase significa que el hombre que se niega a creer en Cristo se encuentra en un estado de condenación ante Dios aun en vida. Tiene sobre él la maldición, que todos merecemos, de una ley quebrantada. Tiene sus pecados sobre su cabeza. Se le considera culpable y muerto ante Dios y hay apenas un paso entre él y el Infierno. La fe quita todos los pecados del hombre. La incredulidad los mantiene todos sobre él.

Por medio de la fe, uno se convierte en heredero del Cielo, aunque sea mantenido fuera hasta su muerte. Por medio de la incredulidad, uno es ya súbdito del diablo, aunque no se encuentre completamente en su poder y en el Infierno. En el momento en que uno cree, se retiran todos los cargos contra su nombre. Mientras uno no cree, está cubierto por sus pecados que le hacen abominable a los ojos de Dios, y la ira justa de Dios está sobre él.

Señala Melanchton que la sentencia de condenación de Dios pronunciada al comienzo —“ciertamente morirás”— se mantiene plenamente en vigor y sin revocar contra todo aquel que no cree en Cristo. No es necesaria ninguna nueva condenación. Todo hombre o mujer que no cree se encuentra bajo la maldición y ya ha sido condenado.

[Porque no ha creído […] nombre […] Hijo de Dios]. Esta frase está pensada precisamente para mostrar que no hay pecado tan grande y tan destructor del alma como la incredulidad. En un sentido es el único pecado imperdonable. Todos los demás pecados se pueden perdonar, independientemente de cuántos y cuán grandes sean, y uno puede presentarse ante Dios. Pero si uno no cree en Cristo, no hay esperanza para él; y si insiste en su incredulidad, no puede ser salvo.

No hay nada tan ofensivo e injurioso para Dios como rechazar la gloriosa salvación conseguida a tan alto precio por medio de la muerte de su Hijo unigénito. No hay nada tan suicida por parte del hombre que dar la espalda al único remedio que puede curar su alma. Otros pecados pueden ser de color carmesí, sucios y abominables. Pero no creer en Cristo es cerrarnos la puerta del Cielo y privarnos completamente de él. Se ha dicho acertadamente que el pecado de Judas Iscariote de no creer en Cristo para recibir el perdón tras haberle traicionado fue mayor que la traición de entregarle a sus enemigos.

Sin duda, traicionarle fue un acto de enorme codicia, maldad e ingratitud. Pero no buscarlo después por fe para recibir el perdón fue no creer en su misericordia, amor y poder para salvar. La expresión “el nombre” como objeto de la fe se explica en el versículo 1:12. Aquí, como muy a menudo, representa los atributos, la naturaleza y el oficio del Hijo de Dios.

Lutero, citado por Brown, comenta: “De ahora en adelante, el que sea condenado no debe quejarse de Adán y de su pecado innato. La semilla de la mujer, que Dios prometió que heriría la cabeza de la serpiente, ya ha llegado y ha expiado el pecado y apartado la condenación. Lo que debe hacer es clamar contra sí mismo por no haber aceptado al Cristo y creído en Él, en Aquel que aplastó la cabeza del diablo y estranguló al pecado. Si yo no creo eso, mi pecado y condenación seguirán ahí.”

LEON MORRIS

“Juan procede a subrayar la importancia de la fe. Ya ha dicho que Cristo murió por el mundo, pero eso no es suficiente para conseguir la salvación. Para conseguir esa salvación hace falta creer. Juan hace esta afirmación usando otra vez una de sus construcciones favoritas: transmite una verdad mencionando tanto los resultados negativos como los resultados positivos.

Todo el que tiene fe no será condenado (o “juzgado”; ver el comentario de Morris del versículo anterior en su obra). La persona que cree no debe temer el juicio. Pero los que no creen (se entiende, alguien que insiste en no creer) no hace falta que esperen al Día del Juicio Final. Ya se han condenado. La incredulidad les lleva a un callejón sin salida: la condenación. Por si queda alguna duda, Juan explica por qué ocurre de esta manera. Los incrédulos no han creído “en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

 Aquí estamos ante otro ejemplo de repetición para conseguir un énfasis concreto; el verbo “creer” aparece tres veces en este versículo, lo cual indica que es importante. Juan, a continuación, nos hace ver lo grave que es negarse a creer, y lo hace describiendo a Jesús como “el unigénito hijo de Dios”. Aunque esta expresión no se refiere necesariamente a una relación metafísica, no hay duda alguna de que Juan está afirmando de una manera enfática que Jesús tiene la misma naturaleza que el Padre. Cuando la gente no cree en una persona así, se condena a sí misma.

La venida de Jesús divide a las personas en “salvadas” y “condenadas”. Este versículo es muy importante para entender la paradoja de que Jesús vino a juzgar y, a la vez, no vino a juzgar. Su venida da a las personas la oportunidad de ser salvas, pero han de tomar una decisión. Y rechazar ese fantástico regalo es optar por el juicio y la condenación.”

SAMUEL P. MILLOS

“El que cree en Cristo es justificado por la fe (Ro. 5:1). La justificación es la declaración divina de la cancelación de toda deuda penal por el pecado. La persona que cree ya no teme la condenación porque no hay condenación para los que están en Cristo (Ro. 8:1). El texto enseña que quien cree ya no viene a juicio de condenación (5:24). La expresión del apóstol Pablo en el versículo anteriormente citado, es que ninguna condenación es posible para el que está en Cristo, que ha sido justificado en Él por medio de la fe. La responsabilidad penal del pecado ha sido extinguida plenamente por Cristo en la Cruz, por tanto no queda ya nada que pagar para quien se acoge por fe a la obra salvadora del Señor.

El sacrificio sustitutorio de Jesús cancela toda deuda de pecado. Al creyente no se le han perdonado una parte de los pecados, sino la totalidad de ellos (Col. 1:14; 2:13). La justificación es asunto definitivo para quienes están revestidos de Cristo y Su justicia (2 Co. 5:21). El perdón de los pecados abre la perspectiva de una nueva realizad espiritual: la liberación del poder esclavizante del pecado, como manifestación de salvación para el tiempo presente. De ahí que la expresión no es condenado, tiene el verbo en presente, lo que indica una acción continuada, porque mediante la fe, salimos del estado de condenación y somos constituidos justos en la presencia de Dios (Ro. 5:19). Dios abre una puerta, la de la salvación, que ya nadie puede cerrar para todo aquel que por fe está en Cristo.”

SAN AGUSTIN

“¿No quieres que El te salve? Por tu conducta serás juzgado. Pero ¿qué digo: serás juzgado? Mira lo que dice: El que cree en El, no es juzgado; mas el que no cree... ¿Qué esperas que se diga sino que serás juzgado? Ya, dice, está juzgado. El juicio aún no se ha publicado, pero ya está hecho. Sabe el Señor quiénes son los suyos; sabe quiénes quedarán para la corona, quiénes para las llamas; conoce en su era cuál es el trigo y cuál es la paja, como cuál es la mies y cuál es la cizaña. Ya está juzgado quien no cree. ¿Por qué juzgado ya? Porque no creyó en el nombre del Hijo unigénito de Dios.”

ALFRED  WIKENHAUSER

“Efectivamente, lo que hace posible la salvación, la vida eterna, es la fe en el Hijo, en tanto que la incredulidad u obstinación en la infidelidad excluye de la salvación. La gran distinción entre estas dos categorías de hombres, distinción que es, en último término, el objeto principal del juicio, se lleva a cabo por sí misma. El juicio consiste, pues, en que el hombre que no cree se cierra al amor de Dios, manifestado en la venida de su Hijo, condenándose así a permanecer en la muerte. En tales condiciones, no hay siquiera necesidad de pronunciar una sentencia judicial.”

WILLIAM HENDRIKSEN

“Jesús divide a todos los que oyen el mensaje de salvación en dos grupos, cada uno de los cuales está representado por un individuo:

(1) El que permanece en Cristo por la fe no es juzgado; esto es, nunca se pronunciará contra él una sentencia de condenación. Desde ahora aparece sin culpabilidad ante los ojos de Dios.

(2) El que rechaza a Cristo y no cree en él como el Hijo unigénito de Dios, no tiene que esperar al juicio final, como si el veredicto se aplazara hasta entonces. Por el hecho mismo de su obstinada incredulidad, ya ha sido condenado, y por lo tanto permanece en ese estado.”

JAMES SMITH

“La salvación, por medio de ser hechos nuevas criaturas, es la mayor bendición posible que el Dios de amor infinito puede otorgar a los pecadores, y sin embargo la ofrece en los términos más fáciles posibles: «Todo el que en el crea». Esta gran salvación es triple:

1. Liberación de la CONDENACIÓN PRESENTE (v. Jua_3:18).

2. Liberación de la DESTRUCCIÓN FUTURA (v. Jua_3:16).

3. Certidumbre de una VIDA presente y ETERNA (vv. Jua_3:15-16). Obsérvese que es «el que en Él cree» el que no es condenado. No hay justificación delante de Dios por creer en nuestras obras o en nuestros caminos, ni en la Iglesia ni en el Credo. Es nuestro privilegio dado por Dios confiar en Aquel que Él ha enviado. He aquí ahora el día aceptable.”

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