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EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3
VERSICULO 34 |
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RV1960 |
NVI1999 |
BTX4 |
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Porque
el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu
por medida. |
El
enviado de Dios comunica el mensaje divino, pues Dios mismo le da su Espíritu
sin restricción. |
Pues
aquel a quien DIOS envió, habla las palabras de DIOS, porque da el Espíritu
sin medida. |
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TR+ |
INA27+ |
VUL |
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ονG3739 R-ASM γαρG1063
CONJ απεστειλενG649 V-AAI-3S οG3588 T-NSM θεοςG2316 N-NSM ταG3588 T-APN
ρηματαG4487 N-APN τουG3588 T-GSM θεουG2316 N-GSM λαλειG2980 V-PAI-3S ουG3756
PRT-N γαρG1063 CONJ εκG1537 PREP μετρουG3358 N-GSN διδωσινG1325 V-PAI-3S
οG3588 T-NSM θεοςG2316 N-NSM τοG3588 T-ASN πνευμαG4151 N-ASN |
ον G3739:R-ASM A quien γαρ G1063:CONJ
porque απεστειλεν G649:V-AAI-3S envió como emisario ο G3588:T-NSM el θεος
G2316:N-NSM Dios τα G3588:T-APN las ρηματα G4487:N-APN declaraciones του
G3588:T-GSM de el θεου G2316:N-GSM Dios λαλει G2980:V-PAI-3S está hablando ου
G3756:PRT-N no γαρ G1063:CONJ porque εκ G1537:PREP procedente de μετρου
G3358:N-GSN medida διδωσιν G1325:V-PAI-3S está dando το G3588:T-ASN el πνευμα
G4151:N-ASN espíritu |
quem enim misit Deus
verba Dei loquitur non enim ad mensuram dat Deus Spiritum |
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KJV |
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For he whom God hath
sent speaketh the words of God: for God giveth not the Spirit by measure unto
him. |
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TCB |
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Porque
el que Dios envió. Jua_7:16; Jua_8:26-28,
Jua_8:40, Jua_8:47. Dios
no da el Espíritu por medida.
Jua_3:17; Jua_1:16; Jua_5:26; Jua_7:37-39; Jua_15:26; Jua_16:7; Núm_11:25;
2Re_2:9; Sal_45:7; Isa_11:2-5; Isa_59:21; Isa_62:1-3; Rom_8:2; Efe_3:8;
Efe_4:7-13; Col_1:19; Col_2:9; Apo_21:6; Apo_22:1, Apo_22:16, Apo_22:17. |
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COMENTARIOS:
JOHN OWEN
“Al enviar Dios a Jesús al mundo para ser "la luz de los hombres", Juan 1:4, y para "manifestar la vida eterna que estaba con el Padre", 1 Juan 1:2; le proporcionó su Espíritu y todos sus dones en toda plenitud, para el desempeño de su oficio, Isa. 11:2-3, 61:1-3. Porque con este fin no recibió el Espíritu por medida, Juan 3:34, sino que "Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, Por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, Con óleo de alegría más que a tus compañeros.", Heb. 1:9. De modo que cuando se dice, fue "ungido con óleo de alegría más que sus compañeros", no se pretende solo que recibió el Espíritu en un grado superior a ellos, sino el mismo Espíritu en otro tipo; porque "agradó al Padre que en él habitara toda plenitud", Col. 1:19, toda plenitud de sabiduría y consejo, en una comprensión completa de toda la voluntad y la mente de Dios. Y en consecuencia, "en él estaban escondidos" (puesto arriba con seguridad) "todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento", Col. 2:3.”
JOHN HURRION
“La
unción de nuestro Salvador era superior a la de cualquier otro, y mucho más
excelente por la misión a la cual había sido consagrado. Los apóstoles y otros
creyentes, poseen el Espíritu por medida, pero Cristo lo tiene sin medida. Él es “el
más hermoso de los hijos de los hombres”; y tenía una “gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”;
de su plenitud recibieron los apóstoles y todos los demás. La unción de Cristo
responde a la de Aarón, su tipo: ungimiento con óleo precioso que derramado
sobre la cabeza “desciende hasta el borde de sus vestiduras”. Nuestro Salvador
fue ungido de esta forma, con la “plenitud de aquel que lo llena todo en todo”.
Y él, a su vez, llena a todos sus miembros, y todas sus facultades, con todas
las medidas del Espíritu, que siempre reciben sin falta.”
JOHN FLAVEL
“Dios
llenó la naturaleza humana de Cristo, al máximo de su capacidad, con toda la
plenitud del Espíritu de conocimiento, sabiduría, amor, etc., más allá de todas
las criaturas para la administración plenaria y más eficaz de su obra mediadora:
estaba lleno extensivamente, con todo tipo de gracia; y llena intensamente, con
todos los grados de gracia. "Agradó
al Padre que en él habitara toda plenitud, Col. 1:19. Como luz en el sol, o
agua en una fuente, para no solamente llenarlo todo, como dice el apóstol,
Efesios 1:22, sino para que fuera pronto, rápido y en todas las condiciones
para realizar su propia obra, que era el próximo e inmediato final de la misma:
de modo que el aceite santo que se derramaba sobre la cabeza de los reyes y sacerdotes,
por el cual eran consagrados a sus oficios, era típo del Espíritu, por el cual
Cristo fue consagrado, o sellado, para sus oficios.”
OCTAVIUS WINSLOW
“Como
esencia Jehová–Jesús, no lo necesitaba;
pero como el gran Sumo Sacerdote y Cabeza mediadora de Su "Iglesia, que es Su cuerpo, la plenitud de
Aquel que todo lo llena en todo", era necesario que el aceite de la
unción estuviera sobre Él en su máxima
plenitud. Como uno con Él, todos los miembros participan por igual. "Es como el ungüento precioso sobre la
cabeza, que escurría por la barba, hasta la barba de Aarón, que llegaba hasta
el borde de su manto"; incluso al más bajo de los creyentes- ¡Ah! y el
que yace más bajo, obtiene la mayor parte de este "ungüento precioso", como desciende de Jesús: la mano de la fe que toca el borde de su
manto, recibe de Aquel que fue "ungido con el óleo de alegría sobre su
becarios."
Estimado
lector, ¿es usted presuntamente uno con Jesús y sus santos? Entonces busca, oh,
busca diligentemente, un grado mayor y aún mayor de esta unción santa y
fragante. No te quedes sin eso. No se conforme con seguir otro paso sin él. No
se contente con una mera profesión, con un nombre para vivir, pero sin todas
las evidencias esenciales de la vida real, mientras descubre muchos de los
temibles atributos de la muerte real. La
posesión de esta unción del Espíritu Santo decidirá la cuestión trascendental,
y quizás para usted dudosa, de su unión con Cristo. Los hombres se darán
cuenta de que has estado con Jesús y has aprendido de él. Tu vida será un
reflejo, débil en el mejor de los casos, pero un reflejo de Su santa vida.
Tendrá
algún parecido con el "encanto de
Cristo"; tu espíritu respirará su mansedumbre; tu comportamiento
estará marcado con su dulzura; toda tu conversación estará sazonada con su gracia;
todas tus "vestiduras olerán a
mirra, áloe y casia, de los palacios de marfil"; una unción impregnará
tus oraciones, un poder irresistible acompañará tus labores, y en todo lugar
serás un olor dulce de Cristo, bendito y sagrado. Cristo, fundamento de la
Iglesia, era una verdad, cuya gran gloria también vio y habló el profeta
evangélico. "Así dice el Señor Dios:
He aquí, pongo en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, piedra
angular preciosa, cimiento seguro".
¡Cuán
idéntica al Redentor es esta espléndida profecía! Cada palabra del pasaje, y cada
cualidad de la figura, expresa alguna parte esencial de Su carácter y obra.
Jesús se compara adecuadamente con una "piedra" por su fuerza y durabilidad. Él es un Salvador, y muy "poderoso para salvar". "He puesto ayuda sobre uno que es
poderoso". Si fuera probable que el hecho de Su Deidad se anunciara
con voz de trueno desde el trono eterno, ¿podemos suponer que se pronunciaría
en términos más decididos y explícitos que los que cayeron de labios de Cristo
mismo al oído del evangelista exiliado? "Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es, que
era y que ha de venir, el Todopoderoso". ¡Y qué verdad necesaria es
esta! Nada más que un rescate y un Todopoderoso podría habernos salvado de
bajar al abismo. Jesús es nuestro rescate
y Jesús es el Todopoderoso. El Redentor no es solo una piedra, sino una
"piedra probada.”
EBENEZER ERSKINE
“Nuestra
unción no es más que una gota en comparación con el océano; sin embargo, es con
el mismo Espíritu; porque "el que se
une al Señor, es un solo Espíritu". Como es la misma alma humana que
está en la cabeza y en los miembros del cuerpo natural; por lo que es el mismo
Espíritu que está en la cabeza y en los miembros del cuerpo místico. Él es
"la cabeza, de la cual todo el
cuerpo mediante articulaciones y ligaduras que se nutren y se entrelazan,
aumenta con el crecimiento de Dios", Col. 2:19.
La
unción de Cristo fue gradual, según las diferentes etapas o avances de su obra.
Él "aumentó en sabiduría y estatura,
y en favor de Dios y de los hombres", Lucas 2:52. Esta unción comenzó
en el primer momento de la unión entre la naturaleza divina y la humana.
Recibió una mayor medida del Espíritu y los dones del Espíritu Santo que le fueron otorgados en su bautismo; una
medida aún mayor en su muerte, cuando, "por el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios",
Heb. 9:14: una medida mayor fue derramada sobre él en su resurrección, cuando
fue "declarado Hijo de Dios con
poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos":
y cuando ascendió en lo alto derramó el
Espíritu como viento impetuoso, Hechos 2:1-4.”
EDWARD PAYSON
“Leemos
que Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, y que no
le dió el Espíritu por medida sino completamente, y que agradó al Padre que en Él
habitara toda plenitud. De ahí que se pueda preguntar, si Cristo es Dios, ¿por qué
necesitó la ayuda del Espíritu Santo? ¿O cómo podría Dios dárselo? ¿O cómo
podría ser debido a la voluntad del Padre, que toda plenitud habitara en él?
Si
consideramos que Cristo, por así decirlo, hizo a un lado su propia divinidad y
se despojó de su propia plenitud infinita, veremos que necesitaba ser llenado
con la plenitud del Padre, y tener el Espíritu Santo para ayudarlo y si consideramos
que actuó como el siervo del Padre, veremos la propiedad de orarle y recibir de
él poder para obrar milagros, dar su vida y volver a tomarla. Además, si
consideramos que su naturaleza humana estaba en un estado de prueba, como lo
estaba Adán, veremos por qué fue tentado, por qué se dice que fue perfeccionado
a través de los sufrimientos y que aprendió obediencia por las cosas que hizo y
sufrió.
Si
hubiera caído en el momento de la prueba, como lo hizo Adán, su pueblo nunca
podría haberse salvado, y su naturaleza humana debió haber perecido. Pero no
falló. Venció al tentador; perseveró hasta el fin, y finalmente se volvió
obediente hasta la muerte, la muerte de
cruz. Como recompensa de sus sufrimientos, obediencia y muerte, el Padre le dio el Reino.
Este
reino incluye todas las criaturas que conocemos en el cielo, la tierra o el
infierno; porque se nos dice que Dios le
sujetó a él todas las cosas; que se le ha dado todo poder en el cielo y en
la tierra, que es Rey de reyes y Señor de
señores, y que por esta causa murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. Por lo
tanto, el apóstol nos informa que debido a que se humilló y se hizo obediente
hasta la muerte, Dios lo exaltó hasta lo sumo y lo puso a su diestra en el
lugar celestial, muy por encima de todo principado, potestad, fortaleza y
dominio, y todo nombre que se nombra, no solo en este mundo, sino en el venidero;
y puso todas las cosas debajo de sus pies, y le dio por cabeza sobre todas las
cosas a su iglesia. En una palabra, Dios ha entregado todo el gobierno del
universo en sus manos por un tiempo, y
le ha dado autoridad para ejecutar juicio, de modo que ahora el Padre no juzga
a nadie, habiendo entregado todo el juicio al Hijo.”
NOTA:
“Cuando E. Payson habla de darle el gobierno por un tiempo, no habla como si
fuera por un tiempo finito, sino teniendo en mente 1Co 15:27-28 “Porque
todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las
cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él
todas las cosas. (28) Pero luego que todas las cosas le estén
sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas
las cosas, para que Dios sea todo en todos.” Por lo tanto se sobrentiende
que el gobierno es eterno. (Edwing Piñango).
THOMAS BROOKS
“Los
dones y las gracias del Espíritu se derraman sobre Cristo hombre en una medida
muy superior a todas las criaturas, Col. 2:10; porque aunque cada creyente está
completo en él, sin embargo, en comparación a él, tienen sólo algunos dones del
Espíritu, 1 Cor. 12:4; Ef. 4:7; pero Jesucristo tenía todo tipo de dones. Ciertamente tenemos dones para algunos usos
particulares; pero Cristo tenía dones para todos los usos.
Cristo
tiene una cantidad de dones que son capaces de aumentar, por encima de la
medida, tanto como la naturaleza humana es capaz de hacerlo, que, aunque sea
finito en sí mismo (cuando era hombre, carne de nuestra carne), no puede ser
medido ni comprendido por nosotros. Tanto estaba lleno del Espiritu que Juan
dice, "Dios no le da el Espíritu por medida", entendido en su humanidad;
aunque, si hablamos de su persona divina, él tiene el Espíritu infinitamente y
sin medida, Col. 1:19 y 2:3, 9.
Esta
plenitud conviene a Cristo como hombre, para que sea un templo adecuado para la
Deidad; y como mediador, para que sea la cabeza universal de su iglesia y el
almacén de su pueblo, que de él, fluya el Espíritu Santo con sus dones y
gracias y poder sernos comunicado. "Recibió dones para los hombres, sí,
también para los rebeldes, para que el Señor Dios more entre ellos", Salmo
68:18; "De su plenitud recibimos gracia sobre gracia", Juan 1:16;
"El primer Adán fue un alma viviente, pero el segundo Adán es un espíritu
vivificante", 1 Cor. 15:45. ¡En Jesucristo hombre, hay tesoro y plenitud
de gracia y gloria para nosotros! Él es el guardián de todas nuestras vidas, de
todas nuestras almas, de todas nuestras comodidades y de todas nuestras gracias;
y él es el señor tesorero de todas nuestras riquezas espirituales, duraderas y
eternas, 2 Tim. 1:12.”
SAN JUAN CRISOSTOMO
“Seguidamente,
y adecuándose a su estrechez de miras, continúa con estas palabras: Dios no da su Espíritu con medida. De
nuevo, igual que antes, rebaja el tono de su discurso, lo adorna y lo adapta a
la capacidad de su auditorio. Sólo así puede inspirarles temor y aumentárselo.
Si se hubiera referido a él de forma solemne y elevada, no le habrían creído.
Es más: le habrían despreciado. Por tal motivo recurre al Padre cuando habla de
Cristo como de un hombre. ¿Qué significa Dios
no da su Espíritu con medida?
Quiere
enseñar que todos nosotros recibimos la fuerza del Espíritu con medida -llama
Espíritu a la fuerza que se distribuye-,
mientras que él posee la fuerza sin
medida y en su totalidad. Más si la fuerza del Espíritu es inmensa, mucho más
lo es su sustancia. ¿Te das cuenta de que el
Espíritu es infinito?
El
que recibe toda la fuerza del Espíritu, el que conoce a Dios, el que dice lo
que escuchamos, decimos, lo que vimos, testificamos ¿cómo obraría con justicia
si desconfiara? Pues, efectivamente, no dice «nada que no sea de Dios es del Espíritu ». De momento no se refiere
al Verbo de Dios, sino que se esfuerza en hacer comprensible la doctrina sobre
el Padre y el Espíritu. Que existe Dios lo sabían, que existe el Espíritu lo
conocían, aunque no tenían una opinión adecuada sobre él. Pero desconocían la
existencia del Hijo. Por ese motivo Juan acude
siempre al Padre y al Espíritu para hacer creíbles sus palabras. Si alguien
no tomara en cuenta la presencia de este motivo y valorara este discurso por sí
mismo, estaría muy lejos de la dignidad de Cristo. No es fidedigno porque posea
la fuerza del Espíritu: él no necesita de
su ayuda, pues se basta a sí mismo.”
A.T ROBERTSON
“Por
medida (ek metrou). Esto es, Dios no
ha puesto límite a la relación del Espíritu con el Hijo. Dios ha dado a Cristo
el Espíritu Santo en su plenitud y a nadie más en este sentido.”
DAVID GUZIK
“Juan
hablaba de Jesús (quien tenía al Espíritu Santo sin medida) y proféticamente del Nuevo Pacto (que contaba con una verdadera
efusión del Espíritu Santo). Para los que se unieron al Mesías a través del
–Nuevo Pacto, hay tanto Espíritu como se
necesite, dado sin medida.
“Los
libros rabínicos dicen que el Espíritu Santo solo era dado a los profetas en
medida. Esta efusión sin medida del Espíritu en Él confirma que habla las
palabras de Dios. (Alford).”
BRIAN BAILEY
“Dios
nos ha ungido con los siete Espíritus del Señor igual como hizo con Cristo. Sin
embargo, la diferencia es que Él ungió a
Cristo con el Espíritu Santo sin medida. La condición de nuestro corazón determina cuánto recibimos del Espíritu.
Queremos tener un corazón puro para poder ser canales limpios a través de los
cuales el Señor pueda hablar.”
JUAN CALVINO
“El
significado ahora es claro, que el Espíritu no fue dado a Cristo por medida,
como si el poder de la gracia que él posee estuviera limitado de alguna manera;
como Pablo enseña que a cada uno se le da según la medida del don, (Efesios 4:7),
de modo que no hay uno solo que tenga plena abundancia. Porque si bien este es
el vínculo mutuo de la relación fraternal entre nosotros, que ningún hombre
considerado por separado tiene todo lo que necesita, pero todos requieren la
ayuda de los demás, Cristo se diferencia
de nosotros en este respecto, que el Padre ha derramado sobre él una abundancia
ilimitada de su Espíritu.
Y,
ciertamente, conviene que el Espíritu more sin medida en él, para que todos
salgamos de su plenitud, como vimos en el primer capítulo de Juan. Y a esto se
refiere lo que sigue inmediatamente, que el Padre ha entregado todas las cosas
en su mano; porque con estas palabras Juan el Bautista no sólo declara la excelencia
de Cristo, sino que, al mismo tiempo, señala el fin y el uso de las riquezas
con las que está dotado; es decir, que Cristo, habiendo sido designado por el
Padre para ser el administrador, distribuye a cada uno lo que quiere y lo que
le parece necesario; como explica Pablo con más detalle en el capítulo cuarto
de la Epístola a los Efesios, que he citado recientemente. Aunque Dios enriquece
a su propio pueblo de diversas formas, esto es peculiar de Cristo solo, que tiene
todas las cosas en su mano.”
JOHANNES OECOLAMPADIUS
“Entiéndalo así: Cristo no tiene una pequeña cantidad de bienes, sino una plenitud y una gran abundancia de dones. Se nos distribuyen varios dones, con un don asignado por Dios a esta persona y otro don a otra persona. Pero todos esos dones están en el único Cristo. Dios concede el Espíritu, es decir, los dones del Espíritu. El Espíritu del Señor reposó sobre él. No se lo concedió con moderación, sino sin medida. Es como si [Juan] estuviera diciendo: Ciertamente sería el colmo de la tontería si quisieras volver a mí; Apenas soy un pequeño manantial, en realidad una gota de agua, dejando atrás el mar más lleno. Ve a la fuente, no a las cisternas de las que leemos en Jeremías. Todo estaba encaminado a convertir a sus discípulos de él en Cristo.”
GRANT OSBORNE
“Con
el versículo 34, Juan especifica quién está detrás de cada palabra que Jesús
habla, completando la idea central de la trinidad en este pasaje. El Hijo tiene
un doble apoyo, Dios quien “lo envió”
como su embajador y el Espíritu que lo llena con su presencia poderosa. Así
cuando habla, “comunica el mensaje divino”. El Verbo (en griego: logos, como en el prólogo) proclama las
palabras (rhēma). Las palabras de
Jesús son “Espíritu y vida” (6:63),
porque son “las palabras de Dios”
(aquí) y “las palabras de vida eterna”
(6:68). Jesús es el heraldo divinamente enviado, embajador de Dios desde el
cielo, o “el enviado” como en el shaliach, quien habla con la misma voz
de Dios.
Con
esta autoridad como la misma voz de Dios, “Dios
mismo le da su Espíritu sin restricción”. Dado que la palabra “él” en realidad no está en el texto, es
posible interpretar esto como Jesús dándonos el Espíritu. Mientras que unos
pocos lo toman de esta manera, el contexto hace que sea mucho más viable ver a
Dios dando el Espíritu a Jesús. Un dicho rabínico posterior decía que el
Espíritu descansó sobre los profetas “según
la medida” del llamado de cada uno (Lv Rabá 15:2). No hay medida ni límite
para el llamado de Jesús, por lo cual, el Espíritu desciende sobre él (1:32–33)
con poder ilimitado. Esta es la Trinidad: el Padre envía al Hijo y le otorga el
Espíritu ilimitado.”
J.C RYLE
“[El que Dios envió]. En este versículo,
Juan el Bautista muestra la dignidad de Cristo y su superioridad sobre todos
los otros maestros por medio de otra extraordinaria declaración acerca de Él.
Comienza atribuyéndole el conocido epíteto que se aplicaba específicamente al Mesías:
“El que Dios ha enviado; el Enviado: Aquel a quien Dios ha enviado según su promesa”.
[Las palabras de Dios habla]. Esta frase
significa que las palabras de Cristo no eran las de un mero hombre como Juan
mismo o uno de los profetas. Eran nada menos que las palabras de Dios. El que
las oía no oía más que las palabras de Dios. La unidad del Padre y el Hijo es tal que quien oye la enseñanza del
Hijo oye también la enseñanza del Padre (cf. Juan 7:16; 5:19; 14:10, 11;
8:28; 12:49).
Cuando
Juan el Bautista hablaba, lo que decía eran meras palabras humanas,
independientemente de lo verdaderas, buenas y escriturarias que fueran. Pero cuando Cristo hablaba, sus palabras
eran divinas, las palabras de Dios mismo. Como dice Quesnel: “Habló por el
Espíritu Santo que es su propio Espíritu, que habita inseparablemente en Él y
de cuya plenitud recibe su unción y consagración”.
Comenta
Teofilacto acerca de esta frase y otras parecidas en el Evangelio según S. Juan
que no debemos pensar que Cristo necesitaba que Dios el Padre le enseñase lo
que debía hablar, porque todo lo que conoce el Padre también lo conoce el Hijo,
como consustancial a Él. Cuando leemos, pues, que se “envía” al Hijo, debemos pensar en Él como un rayo procedente
del Sol que en realidad no está separado del Sol, sino que forma parte del Sol
mismo. Algunos piensan que la expresión “las palabras de Dios habla” que
aparece aquí hace especial referencia a la promesa que se dio a Moisés acerca
del Mesías: “Pondré mis palabras en su
boca” (Deuteronomio 18:18).
[Pues Dios no da el Espíritu por medida].
La expresión “por medida” de esta
frase significa “parcialmente, escasamente, limitadamente, en pequeño grado”.
Es lo contrario de “plena, completamente, en abundancia ilimitada”. Por tanto,
en una descripción que hace Ezequiel de una época de escasez en Jerusalén,
leemos: “Beberán el agua por medida”
(Ezequiel 4:16).
Toda
la frase es particular y requiere una interpretación cuidadosa. La finalidad de
Juan el Bautista es mostrar una vez más la infinita superioridad del Señor
Jesús sobre él mismo o sobre cualquier otro hombre. Dios da el Espíritu a todos
los demás, aun a los más eminentes Apóstoles y profetas, “por medida”. Sus
virtudes y dones son imperfectos. Como dice S. Pablo, “en parte [conocen], y en
parte [profetizan]” (1 Corintios 13:9). Pero las cosas son muy distintas con
aquel a quien Dios ha enviado. A Él se le da el Espíritu sin medida en infinita
plenitud y abundancia. Los dones y las virtudes del Espíritu están presentes en
su naturaleza humana sin el más mínimo atisbo de imperfección. Como hombre,
Jesús de Nazaret fue ungido con el Espíritu Santo y preparado para su oficio
como nuestro Sacerdote, Profeta y Rey como jamás lo ha sido hombre alguno (cf.
Hechos 10:38).
Todo
esto es indudablemente cierto, pero no es, en mi opinión, toda la verdad que
encierra la frase. Creo que Juan el Bautista no solo señala la naturaleza
humana de nuestro Señor, sino también su divinidad. Pienso que quiere decir: “Aquel a quien Dios envió está muy por encima
de profetas y ministros a quienes el Espíritu solo se da por medida. Él es Dios
mismo. En Él habita la plenitud de la Deidad corporalmente. Él es quien, como
persona de la Trinidad, está eterna e inefablemente unido a Dios el Espíritu
Santo. El Espíritu Santo procede tanto
de Él como del Padre, y es el Espíritu de Cristo y el Espíritu del Hijo. Como
Dios, es imposible que se separe del Espíritu Santo. A Él, pues, no se le da el
Espíritu por medida, como si tan solo fuera un hombre. Él es Dios además de
hombre y, como tal, no necesita que se le dé el Espíritu. Él tiene el Espíritu
sin medida, porque en la esencia divina Él, el Espíritu y el Padre son Uno y no
se pueden dividir”.
Me
inclino a sostener la idea que acabo de presentar a causa del versículo
siguiente. Parece como si la finalidad de Juan el Bautista en este último
testimonio de Cristo fuera guiar a sus discípulos paso a paso a la idea más
excelsa de la dignidad del Mesías. Quiere
que reconozcan en Él a alguien que era Dios mismo a la vez que hombre. La
interpretación comúnmente aceptada de la frase que tenemos ante nosotros me
parece una tendencia peligrosa. Es indudablemente cierto que el Espíritu se dio
a nuestro Señor como hombre y que esto se hizo sin medida. Pero debemos tener
mucho cuidado de no olvidar una verdad que no es menos importante. Esa verdad
es que nuestro Señor Jesucristo nunca dejó de ser Dios además de hombre y que,
como Dios, jamás estuvo separado del Espíritu. Como dice Henry: “El Espíritu no
habitaba en él como en un vaso, sino como en una fuente, como en un océano sin
fondo”.
Merece
la pena comentar que algunas versiones traducen “le da”, aunque “le”
no se encuentra en el original griego. Esto ha conducido a algunos a afirmar
que la segunda frase del versículo solo es una afirmación general: “Dios no es un Dios que da el Espíritu por
medida”. Pero todos los mejores comentaristas, de Agustín en adelante, son
de la opinión de los traductores de nuestra versión y creen que es de Cristo de
quien se está hablando, y que todas las traducciones deberían suplir el “le”. (NOTA: para ver la defensa
exegética de poner “le” véase
el com. De W. Hendriksen de este versiculo. Edwing P.)
Chemnitio
piensa que este versículo hace especial referencia a Isaías 1:2, donde se
predice que los siete aspectos de los dones del Espíritu reposarán sobre el Mesías.”
NACAR – COLUNGA
“Teniendo
el Hijo la plenitud del Espíritu, tiene el que lo recibe la suprema garantía de
la verdad, y, por su parte, el que “recibe
su testimonio pone su sello, atestiguando que Dios es veraz” (v.33), es
decir, que Dios revela y habla
verdaderamente por Cristo. El que tiene el mensaje de Cristo por verdadero,
tiene a Dios por veraz, ya que Cristo, “enviado,”
no hace otra cosa que hablar “las palabras de Dios” (v.34). Ningún comentario
mejor a estas palabras del evangelista que las que él mismo dice en su primera
epístola: “El que no cree en Dios le hace
embustero, porque no cree en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo” (1
Jn 5:10).”
SAMUEL P. MILLOS
“Desde
la venida del Verbo, Palabra personal
del Padre, Dios agotó todo cuanto podría revelar de Él y, desde entonces, el
cielo guarda silencio, porque el revelador, el que hace visible al Invisible,
ha sido enviado. Más tarde sería enviado de los dos, Padre e Hijo, al Espíritu
Santo, que no viene a revelar, sino a enseñar y recordar, cuanto Jesús reveló
(14:26). Esto tiene vital importancia, ya que si bien es cierto que la Palabra
no puede ser correctamente entendida sin la asistencia del Espíritu, no menos cierto
es que toda pretendida revelación del Espíritu ha de ser contrastada con la
Palabra, a la cual el Espíritu no puede contradecir.
Permaneciendo
en esta verdad, se corregirían dos graves situaciones, de un lado la ortodoxia fría, del mero
intelectualismo bíblico, y por otra las manifestaciones
entusiásticas, ruidosas y milagrosas del sensacionalismo espiritual,
notoriamente contrario a la enseñanza bíblica, y que acarrea serios problemas
en mentes de creyentes sencillos y poco formados.”
WILLIAM HENDRIKSEN
“Los
mejores textos omiten el pronombre le.
Sin embargo se puede suplir mentalmente, y se debe considerar como haciendo
referencia a Cristo, según implica claramente el versículo 35. (Véase también
1:33.) El Padre no dio sólo el Espíritu al Hijo. Le dio todas las cosas en su
mano (cf. 5:19–30; 6:37; 12:49; 13:3; 17:2, 4, 11; cf. Mt. 11:27; 28:18). No
sería muy correcto el limitar este pasaje a la filiación mesiánica de Cristo.
El lenguaje (empezando en el versículo 31) es demasiado majestuoso para
permitir tal interpretación. Después de haber presenciado el descenso de la
paloma, y de haber oído la voz del Padre desde el cielo, el Bautista comprendió
que la relación filial de Jesús como Mediador descansaba en su filiación
trinitaria. Por esto, también, el don de todas las cosas resulta de la relación
eterna de amor entre el Padre y el Hijo: El
Padre ama al Hijo (cf. 21:15–17), y
ha entregado todas las cosas en su mano.”
MARTIN LUTERO
“Este
es un mensaje de Juan el Bautista que los otros evangelistas no registran, en
realidad, hablan muy poco de él. Se limitan a narrar que Juan proclamó que otro
le sucedería, de quien no era digno de
desatar los cordones de sus sandalias (Mar_1:7), y que censuró a los
fariseos. Pero Juan el Evangelista informa con detalle en sus sermones,
especialmente aquí, cuando afirma la veracidad de Dios en la tierra. Suena
extraño dado que la mayoría de la gente le hace aparecer como un mentiroso y un
injusto ya que su dios es el diablo y es a él a quien sirven fielmente.
Dice
que Cristo fue enviado al mundo para proclamar la Palabra de Dios, de ahí que
declare: «Aquel a quien Dios ha enviado,
habla las palabras de Dios». De esto, surgiría la pregunta de la necesidad
de tanto énfasis, ya que después de todo, el mundo es suficientemente piadoso y
consciente de que hay que creer cuando se predica la Palabra de Dios y que es
preciso prestarle oído. «Bien —dicen— no hay desacuerdo sobre este tema, ni
incluso entre los paganos. Por tanto, ¿qué necesidad hay de que Juan insista en
ello y declare que Cristo fue enviado por Dios? ¿Quién se atrevería a acusar al
santo y virtuoso mundo de negarse a oír la Palabra de Dios o escuchar al que
nos fue enviado? Al fin y al cabo, el mundo lo defiende celosamente.»
También
leemos: «El Padre ama al Hijo y todas las
cosas las ha entregado en su mano» (Joh_3:35). Bien —dicen de nuevo— no es
nada espectacular que ame al Hijo; ama a todos los santos puesto que los creó a
todos.
O:
«Aquel a quien Dios ha enviado, habla las
palabras de Dios». La razón se apresura a afirmarlo. Entonces, ¿por qué
tanta discusión y peleas en el mundo? ¿Por qué Caín mató a Abel? ¿Cómo es que
el papa nos condena y nos trata de herejes y semilla del diablo y nosotros, por
otra parte, decimos que el papa y todos los obispos y cardenales son del
diablo?
Ambas
facciones hablan de Dios y de su Palabra; ambos profesan estima a las personas
a quienes predican. Todo el mundo, el musulmán, el papa, todos, afirman aceptar y adorar a la Palabra.
Pero hay una dificultad: se sienten
ofendidos por la orden de Dios de que hay que escuchar al Hijo, que hay que
honrar a sus servidores y que hay que poner nuestro sello en la veracidad de
Dios. La verdadera piedra de toque es
reconocer a Cristo como el Hijo de Dios y a su mensaje como la Palabra de Dios.
Se acepta la proposición mayor pero se niega la menor». No se reconoce como
Unigénito al Hijo de María en la tierra. Los judíos declaran: «Somos discípulos
de Dios. Moisés obtuvo la Palabra de Dios pero la de Cristo es del diablo», en
cuyo caso ¿cómo es que Cristo vino? Esta es la cuestión debatida y disputada en
todo el mundo. Fue enviado por Dios y trae dones consigo. Así que se aplica
correctamente, y entonces se origina el desacuerdo.”
W. PARTAIN – B. REEVES
“La
expresión por medida significa
escasamente: "Quebrantaré el
sustento del pan en Jerusalén; y comerán el pan por peso y con angustia, y
beberán el agua por medida y con espanto" (Eze_4:16). Como dice
el siguiente versículo, "todas las
cosas ha entregado en su mano". Juan enfatiza que Jesús era dotado perfectamente,
sin límite.
Algunos citan este texto para
afirmar que hay medidas del Espíritu Santo: que los apóstoles recibieron la
medida bautismal, que otros recibieron la medida impartida por las manos de los
apóstoles, y que los demás cristianos reciben la medida de morar el Espíritu en
nosotros. Es cierto que los apóstoles fueron bautizados con el Espíritu Santo,
que impusieron sus manos sobre otros para impartirles los dones del Espíritu, y
que el Espíritu mora en los cristianos, pero este versículo dice que Dios no da
el Espíritu por medida y, por eso, este texto no debe aplicarse de esa manera.
Los hermanos que enseñan el error de
que Cristo se despojó a sí mismo de sus atributos divinos (véase 1:14) enseñan
que Cristo no tuvo poder inherente o intrínseco, porque fue tentado como
hombre. Por eso, dicen que El -- al igual que los apóstoles -- tuvo que recibir
poder del Espíritu Santo, pero citan este texto que dice que Dios no le dio el
Espíritu por medida (es decir, que no tuvo poder limitado). Si Cristo -- con su
poder inherente, poder como Hijo de Dios -- no pudo ser tentado como hombre,
¿cómo pudo ser tentado como hombre si era omnipotente, omnisciente, etc. por el
poder del Espíritu Santo? Así es la insensatez de los argumentos de los que niegan
la deidad de Cristo.”
WILLIAM BARCLAY
“Y Juan prosigue: podemos creer lo que nos dice Jesús porque Dios derramó en Él Su Espíritu en plenitud, sin reservarse nada. Hasta los mismos judíos decían que los profetas recibían de Dios una cierta medida del Espíritu. La totalidad del Espíritu estaba reservada para el Escogido de Dios. Ahora bien: según la manera de pensar de los judíos, el Espíritu de Dios tenía dos misiones: la primera era revelar a la humanidad la verdad de Dios; y la segunda, capacitar a los seres humanos para reconocer y entender esa verdad cuando venía a ellos. El decir que el Espíritu estaba en Jesús de la manera más completa es decir que Jesús conocía y entendía perfectamente la verdad de Dios. Para decirlo de otra manera: escuchar a Jesús es escuchar la misma voz de Dios.”

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