martes, 16 de mayo de 2023

EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3 VERSICULO 19

 


 

EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3 VERSICULO 19

RV1960

NVI1999

BTX4

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos.

Y esta es la acusación: que la Luz ha venido al mundo, pero los hombres amaron más la tiniebla que la Luz, pues sus obras eran malas.

TR+

INA27+

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hoc est autem iudicium quia lux venit in mundum et dilexerunt homines magis tenebras quam lucem erant enim eorum mala opera

KJV

And this is the condemnation, that light is come into the world, and men loved darkness rather than light, because their deeds were evil.

TCB

Esta es la condenación. Jua_1:4, Jua_1:9-11; Jua_8:12; Jua_9:39-41; Jua_15:22-25; Mat_11:20-24; Luc_10:11-16; Luc_12:47; Rom_1:32; 2Co_2:15, 2Co_2:16; 2Ts_2:12; Heb_3:12, Heb_3:13.

 

Porque sus obras eran malas. Jua_5:44; Jua_7:17; Jua_8:44, Jua_8:45; Jua_10:26, Jua_10:27; Jua_12:43; Isa_30:9-12; Luc_16:14; Hch_24:21-26; Rom_2:8; 1Pe_2:8; 2Pe_3:3.

 

COMENTARIOS:

JOHN PIPER

“La gente ama las tinieblas. ¿Por qué? Jesús dijo que porque sus obras son malas. Es decir, son inicuos, o injustos. La luz y la verdad los expondrían. Las tinieblas los encubren. Por tanto, suprimimos la verdad y por eso protegemos, con tinieblas, la fealdad de nuestros deseos.

Creo que esto significa que Jesús es la misma presencia de Dios, a quien Juan describió así en 1 Juan 1:5: “Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que os anunciamos: Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna”. Y el Verbo era Dios. Así que cuando el Verbo se hizo carne, la luz vino al mundo, porque Dios es luz. Esto podría significar que Jesús es la suma de la verdad. “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Toda verdad es resumida en Jesús. “En Cristoestán escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:3). Si usted quiere conocer algo verdadero, debe conocerlo con relación a Jesús. “Todo ha sido creado por medio de Él y para Él” (Colosenses 1:16). Por tanto, Él es el propósito de todo y el origen de todo. De modo que en Él está el significado de todo.

Cuando él viene, viene la verdad acerca de todo: la verdad acerca de Dios; la verdad acerca de nosotros; la verdad acerca del Camino de salvación; la verdad cerca de qué es bueno y hermoso; la verdad acerca de lo malo y feo; la verdad acerca de cómo debemos vivir. Todo buen pensamiento, y todo sentimiento correcto, y toda buena acción, es definido y medido por Jesús. Eso es parte del significado de ser la luz del mundo.

De modo que el versículo 19 dice que la llegada de Jesús es un tipo de juicio. ¿Cómo? El resto de los versículos 19–21 describen dos tipos de respuesta a la luz. La primera es negativa, versículos 19–20:

Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas.

Cinco Pasos Revelados

Hay cinco pasos revelados aquí en este tipo de corazón:

1) Al final del versículo 19: “sus acciones eran malas”. Versículo 20, al principio dice que ese tipo de personas “hace lo malo”.

2) Ellos no quieren que sus necesidades sean expuestas. Versículo 20, al final: “… para que sus acciones no sean expuestas”.

3) Así que ellos aman las tinieblas donde sus pecados no serán expuestos. Versículo 19 en el medio: “… y los hombres amaron más las tinieblas que la luz”.

4) Y odiaron la luz porque allí es donde son expuestos sus pecados. Versículo 20 al principio: “Porque todo el que hace lo malo odia la luz”.

5) Por tanto, ellos no vienen a la luz. Ese es el mensaje del versículo 20: “… y no viene a la luz.…”

Ahora, recuerde: esta es la explicación que Jesús da a la fe y la incredulidad. La división en dos tipos de personas en los versículos 19–21 es la misma división que aparece en los versículos 16–18, es decir, la división entre aquellos que creen en el Hijo de Dios, y aquellos que no.”

WILLIAM GURNALL

“Cristo condena la ignorancia de los hombres, puesto que él mismo ha suministrado el conocimiento: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz” (Jn. 3:19). Muchos huyen de la luz porque no quieren andar en ella. Si la ignorancia de la Palabra se condena allí donde hay luz, ciertamente Dios nos manda que abramos los ojos para recibir la sabiduría que aquella derrama; porque antes de que pueda fallarse sentencia condenatoria ha de transgredirse la ley. Ya que vives donde se predica este evangelio, serás juzgado por él, lo conozcas o no.”

THOMAS GOODWIN

“Primero, Tú, que tienes conocimiento, no puedes pecar tan fácilmente como otro que es ignorante. Por tanto, si quieres ser malvado, tu maldad te costará diez veces más que cualquier otro. Los lugares, países y naciones donde hay mucho conocimiento, y son abundantes en los medios de la gracia, son lugares queridos para vivir en pecado. Estar borracho e impuro después de la iluminación, y los movimientos del Espíritu y los sermones poderosos, es más de veinte veces mas grave ante Dios que antes; Podrías haber cometido diez a uno y haber sido condenado menos.

"Esto es condenación", dice Cristo, "que la luz vino al mundo". Ni puedes tener tanto placer en tus pecados como una persona ignorante, porque la conciencia pone un aguijón en el acto cuando tienes conocimiento, y te sujeta a la servidumbre y al temor de la muerte. Cuando un hombre sabe lo caro que debe pagar por ello, hay una expectativa de juicio que lo amarga todo.

Por tanto, los gentiles pecaron con más ahinco que cualquier otro. Por lo tanto, Efesios 4:18-19, el apóstol, hablando de ellos, dice que por su ignorancia y oscuridad y falta de sentimiento cometieron el pecado con codicia, y por lo tanto con más placer, no teniendo ni conocimiento, ni corazones sensibles a los males para no caer mas bajo. En segundo lugar, al pecar contra el conocimiento, serás entregado a una mayor dureza. "Si la luz que hay en ti es oscuridad", dice Cristo, "cuán grande es esa oscuridad". Por tanto, cuanta más luz tenga un hombre, y sin embargo prosiga en las obras de las tinieblas, más tinieblas abundarán en ese hombre, incluso en una mente reprobada al final. En tercer lugar, Dios te abandonara a que seas entregado al peor de los pecados más que cualquier otro hombre; porque Dios, cuando deja a los hombres, hace que un pecado sea el castigo de otro, y reserva lo peor para los pecadores contra el conocimiento (Vea Romanos 1:18-32).”

WARREN WIERSBE

“Esta es una de las principales figuras que se usan en este Evangelio (Juan 1:4-13). ¿Por qué no vienen los pecadores a "a luz de la vida?" ¡Porque aman las tinieblas! Quieren persistir en sus obras malas, y esto les impide que vengan a la luz; porque mientras más cerca está el pecador de la luz, más expuestos quedan sus pecados. No son problemas intelectuales los que impiden que la gente confíe en Cristo; es la ceguera moral y espiritual lo que les mantiene amando más las tinieblas, y aborreciendo la luz.”

SAN JUAN CRISOSTOMO

“La causa del castigo de los hombres es que no quisieron abandonar las tinieblas para acogerse a la luz. Con sus palabras arrebata Cristo a los incrédulos toda posibilidad de excusarse. Dice: si yo hubiera venido para pedirles cuentas de sus obras y castigarlos, habrían podido decir: por eso nos hemos alejado. Pero he venido para librarlos de las tinieblas y llevarlos a la luz. ¿Cómo tener piedad de hombres que rechazan ir de las tinieblas a la luz? Se alejan de mí a pesar de que nada pueden echarme en cara, pues los he beneficiado de mil modos distintos. En otro lugar, cuando algunos pusieron una excusa semejante, dijo: Me odiaron sin motivo. Y también: Si no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían culpa. Quien, falto de luz, habita en las tinieblas, quizás pueda obtener el perdón: pero quien, después de venir la luz, permanece en las tinieblas, levanta contra sí mismo un testimonio de la perversidad y obstinación de su voluntad.”

A.T ROBERTSON

“Jesús mismo es la única luz moral y espiritual del mundo (8:12), como reivindicó abiertamente ante sus enemigos. Lo trágico es que los hombres lleguen a enamorarse de las tinieblas del pecado y se rebelen en contra de la luz, como ciudadanos del infierno, «porque sus obras eran malas (ponëra)». Cuando la luz aparece, se precipitan a sus agujeros y madrigueras. Ponëros (de ponos, fatiga, afán; poneö, fatigarse, afanarse) es empleado de las acciones del mundo por parte de Jesús (7:7).

Al final, el dios de este mundo ciega los ojos de los hombres para que no vean la luz (2 Co. 4:4). Los peces en la Cueva Mamut ya no tienen ojos, sino sólo cuencas donde solía haber ojos. El Maligno tiene un enorme poder sobre el mundo (1 Jn. 5:19).”

GARY BURGE

“Aquellos que ven esta luz y reconocen la tragedia de su situación tienen una responsabilidad: creer (3:16,18). Sin embargo, no es tan sencillo. Las emociones de quienes viven en el mundo son corruptas; sus aspiraciones son caídas; no tienen ningún deseo de ser redimidos. Prefieren «las tinieblas a la luz»; en realidad, «detestan» la luz. Es un lenguaje fuerte que descubre algo de la seriedad de la lucha moral entre Dios y el mundo. El mal y la oscuridad no ignoran a la luz, sino que le hacen la guerra y desean destruirla. Pero, a pesar de todos estos esfuerzos, las tinieblas no pueden derrotar a la luz (1:9). Las tinieblas lanzan una batalla que acaba llevando a su propia derrota.”

RAYMOND BROWN

“El mal es tiniebla. Con Jesús, la luz vino a las tinieblas. Pero la oscuridad no la acogió, y este rechazo constituye un juicio (también la teología nos informa de que, al condenar al infierno, Dios no hace más que aceptar la disposición de la voluntad humana en el momento de la muerte; quien se ha alejado de Dios es abandonado por él a su propio destino).”

CHARLES SPURGEON

Los que aman sus pecados no pueden amar al mismo tiempo al Salvador; deben amar al uno y odiar al otro; y es una elección terrible cuando deliberadamente rechazan al único Salvador; “La luz del mundo”, y escoge las tinieblas del pecado, las tinieblas de la aflicción , las tinieblas de afuera, donde habrá llanto, lamento y crujir de dientes.

Ves por qué los hombres no vienen a Cristo; no quieren renunciar a su pecado; no quieren sentirse incómodos en ello; tienen miedo de ser reprendidos. Usted ve por qué los hombres santos vienen a Cristo, porque se deleitan en contemplarlo y en que su fe y su gracia se manifiesten, tanto a ellos mismos como a los espectadores.”

DAVID GUZIK

Los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas: Jesús explicó lo que mantiene alejadas a las personas de la fe y el rescate en él. Es porque son atraídos a la oscuridad, y la aman más que a la luz. Hay una dimensión moral crítica para la incredulidad que a menudo se rechaza o se ignora.

i. Los que rechazan a Jesús conscientemente, a menudo se ven a sí mismos como personajes heroicos que valientemente dejaron de lado la superstición y tratan con honestidad con problemas filosóficos profundos. Con mayor frecuencia en realidad hay una transigencia moral como raíz de su rechazo.

ii. Muchos oponentes del Cristianismo tienen un interés personal en pelear contra la verdad de Jesús, porque aman su pecado y no quieren aceptarlo, o enfrentar a Dios quien juzgará su pecado.

iii. Cuando pensamos en el amor al pecado que manda a la gente al infierno, a menudo pensamos en pecados notorios. Pero la simple exigencia de ser el señor de mi propia vida es suficiente pecado para merecer la condenación de Dios.”

COMENTARIO BIBLICO MUNDO HISPANO

“Juan procede ahora (vv. 19–21) a explicar la razón por la incredulidad de los hombres. Y ésta es la condenación es la introducción de un resumen que explica en qué consiste la condenación. Que la luz ha venido al mundo es una referencia a la encarnación. El Hijo de Dios es la luz que vino al mundo, una metáfora usada por Juan (1:4–9; 3:19–21) y por Jesús (8:12; 9:5; 12:46). Condenación (krisis G2920) aquí se refiere al proceso de juzgar y no a la sentencia de condenación. Juan está explicando cómo opera el proceso de juicio que lleva a la condenación.

Los hombres amaron más las tinieblas que la luz es una de las notas trágicas que Juan suele emplear (ver también 1:5; 5:40) para señalar lo que parece una locura, contrario al sentido común, una verdadera realidad trágica. Tinieblas es otro de los temas favoritos de Juan para referirse a todo lo que se opone a Dios y todo lo que está bajo su condenación. En contraste, la luz se refiere a Cristo y todo lo que él representa. El contraste y antagonismo entre la luz y las tinieblas nos recuerda los Rollos del Mar Muerto donde la distinción se establece entre los hijos de luz y los hijos de tinieblas. Los hombres no se refiere a todos los seres humanos, sino a los incrédulos que optaron por orientar su afecto y pasión a las tinieblas. Usaron su facultad de libre albedrío, un don de Dios, para rebelarse contra su Creador y traer la sentencia de condenados sobre sí mismos.

Porque sus obras eran malas es una afirmación introducida por una conjunción causal, explicando la razón por la cual los incrédulos aman más las tinieblas que la luz. Tinieblas y malas son compañeras inseparables. Los que realizan malas obras prefieren las tinieblas porque en ellas piensan encubrir sus prácticas. Eran es un verbo en el tiempo imperfecto, señalando la práctica continuada de sus malas obras.”

BRIAN BAILEY

“Pablo hace notar en sus epístolas, que las obras malas tornan nuestra mente en contra de Dios. Nos alejan de Dios. Pablo dijo en Colosenses 1:21: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado”. Las personas algunas veces dicen: “Bueno, no importa lo que yo haga, todo estará bien”. No, no lo estará, porque lo que hacemos tiene un efecto tremendo en nosotros. Cuando nosotros pecamos, esto afecta nuestra mente y nos vuelve en contra de Dios. Los hombres rechazan la luz porque ellos aman las obras de las tinieblas. Si pecamos, habrá un rechazo automático hacia la luz de Cristo.”

JUAN CALVINO

“Y esta es la condenación que recibe con los murmullos y quejas, con los que los impíos suelen censurar, lo que imaginan que es el excesivo rigor de Dios, cuando actúa contra ellos con mayor severidad de la que esperaban. Todos piensan que es duro que los que no creen en Cristo sean condenados a la destrucción.

Para que nadie pueda atribuir su condenación a Cristo, muestra que todo hombre debe culparse a sí mismo. La razón es que la incredulidad es un testimonio de mala conciencia; y por eso es evidente que es su propia maldad la que impide que los incrédulos se acerquen a Cristo. Algunos piensan que no señala aquí nada más que la marca de la condenación; pero, el diseño de Cristo es refrenar la maldad de los hombres, para que no puedan, según su costumbre, disputar o discutir con Dios, como si los tratara injustamente, cuando castiga la incredulidad con la muerte eterna.

Él muestra que tal condenación es justa y no está sujeta a ningún reproche, no solo porque esos hombres actúan perversamente, que prefieren las tinieblas a la luz, y rechazan la luz que se les ofrece gratuitamente, sino porque surge ese odio a la luz, de una mente perversa y consciente de su culpa. Ciertamente se puede encontrar una apariencia hermosa y un brillo de santidad en muchos que, después de todo, se oponen al Evangelio; pero, aunque parecen ser más santos que los ángeles, no hay lugar para dudar de que son hipócritas, que rechazan la doctrina de Cristo sin otra razón que porque aman sus lugares al acecho en los que pueden ocultar su bajeza. Por lo tanto, puesto que la hipocresía por sí sola hace que los hombres odien a Dios, todos están convencidos, porque si no fuera porque estén cegados por el orgullo y se deleitan en sus crímenes, recibirían pronta y voluntariamente la doctrina del Evangelio.”

ALBERT BARNES

“Ésta es la causa de condenación; o esta es la razón por qué los hombres son castigados. Esa luz ha llegado. La luz a menudo denota instrucción, enseñanza, doctrina, como aquello por lo que vemos claramente el camino del deber. Toda la instrucción que Dios nos da por la conciencia, la razón o la revelación puede, pues, llamarse luz; pero esta palabra se usa peculiarmente para denotar al Mesías o al Cristo, de quien a menudo se habla de la luz. Ver Isa 60:1; y 9:2. Compárese con Mt 4:16. Sin duda, fue a esta luz a la que Jesús se refirió en particular aquí.”

MATTHEW POOLE

“Cristo es la Luz, predicha por el profeta, Isa 9:2 42:6 y 49:6. Al comienzo de este Evangelio se le llama la Luz verdadera, Jn 1:4; Es decir, posee en perfecto estado todas las excelentes cualidades de la luz; el poder de iluminar las mentes de los hombres en el conocimiento de la verdad salvadora, de calentar los afectos con el amor por ella, de revivir a los desconsolados y de hacer que la semilla celestial de la palabra florezca y fructifique en sus vidas.

Esta Luz ha venido al mundo; eso significa no solo en su encarnación, sino su revelación del misericordioso consejo de Dios para nuestra salvación, que los espíritus más claros nunca podrían haber descubierto; ha abierto el camino que conduce a la vida eterna. Pero los hombres amaban más las tinieblas que la luz; Prefirieron, eligieron y se adhirieron a su ignorancia y errores, antes de la luz de la vida, el conocimiento salvador del evangelio. Su ignorancia es afectada y voluntaria, y no se puede alegar ningúna excusa de ello; es más, es muy culpable y condenado al descuidar la instrucción del Hijo de Dios.”

CHARLES SIMEON

“La declaración de nuestro Señor, de que "el que creyere será salvo, y el que no creyere será condenado", es considerada por ellos como una "palabra dura"; no ven proporción entre el trabajo y la recompensa por un lado, o entre la ofensa y el castigo por el otro.

En las palabras que tenemos ante nosotros tenemos una solución a la dificultad. Se nos enseña que la fe y la incredulidad no son meras operaciones de la mente, sino ejercicios del corazón; el que pasa del amor al bien; el otro por un apego radical al mal. Nuestro bendito Señor había inculcado repetidas veces la necesidad de creer en él, para poder participar de los beneficios ofrecidos. También había presentado a los incrédulos como "ya condenados", incluso como criminales reservados para la ejecución. Para obviar cualquier objeción que pudiera surgir en la mente de Nicodemo en relación con la aparente severidad de esta sentencia, procedió a mostrar el verdadero fundamento de la misma, a saber, que, en su rechazo de él, los hombres son movidos por un amor invencible de pecado, y por el consiguiente odio a la luz que se envía para apartarlos del pecado.

Al abrir las palabras de nuestro texto, mostraremos: ¿Qué es esa luz que ha venido al mundo? A Cristo se le llama "La luz del mundo", "La luz verdadera", "La estrella del día", y "El Sol de justicia que surge con sanidad en sus alas". Pero, es el Evangelio que aquí se dice que ha "venido al mundo".

Las buenas nuevas de salvación ahora fueron publicadas por Cristo mismo; y se revelaron claramente tanto la manera en que se efectuaría esa salvación como la manera en que se recibiría. Nuestro bendito Señor había declarado, en este mismo discurso con Nicodemo, que "el Hijo del Hombre sería levantado sobre la cruz, como la serpiente en el desierto", para que todos los que estaban muriendo por las heridas del pecado pudieran mírarlo y sér sanos. Había repetido una y otra vez esta importante verdad, de la que depende la salvación de nuestra raza caída. Este misterio había estado escondido desde la eternidad en el seno del Padre; pero ahora se manifestó plenamente. Esta “luz vino ahora al mundo”.

El Evangelio, desde este punto de vista, está apropiadamente designado bajo la metáfora de “luz” - La luz es eso, sin la cual nada se puede discernir correctamente. ¡Y cuán ignorantes somos hasta que la luz del Evangelio brilla en nuestros corazones! No sabemos nada de nosotros mismos, de Dios, de Cristo o del camino al cielo. Ni siquiera podemos apreciar el valor del alma, la importancia del tiempo, el vacío de las vanidades terrenales. De hecho, podemos dar nuestro consentimiento a las declaraciones que escuchamos sobre estos temas; pero no podemos tener un sentido experimental y permanente, ni siquiera de las verdades más obvias, hasta que nuestras mentes estén iluminadas por el Evangelio de Cristo. La luz hace que todas las demás cosas se vean en sus verdaderos colores.

Así también el Evangelio, al presentar al Hijo de Dios muriendo por nuestros pecados, nos muestra la malignidad del pecado; la justicia de Dios que requería tal expiación por ella; y, sobre todo, el maravilloso amor de Dios al darnos a su único Hijo amado, para que tengamos paz por la sangre de su cruz. La luz lleva consigo su propia evidencia. Lo mismo ocurre con el evangelio glorioso del que estamos hablando: se adapta tan peculiarmente a las necesidades del hombre y, al mismo tiempo, se ajusta tanto a sus necesidades; está tan calculado para mostrar y magnificar todas las perfecciones de la Deidad, y es en todos los aspectos tan digno de su Divino Autor; que se nos recomienda instantáneamente como de origen celestial, y la obra maestra misma de la sabiduría divina.

Pero el odio de los hombres a la luz es lo que principalmente, y por encima de todas las otras cosas, agrava su culpa. El Evangelio es la provisión más maravillosa para la salvación del hombre caído. Es la demostración más brillante de la sabiduría divina y el esfuerzo más estupendo de la bondad divina. El rechazo de esto, por lo tanto, especialmente como resultado de un odio hacia él, argumenta un estado mental que ninguna palabra puede expresar adecuadamente.

La malignidad de tal disposición aumenta en proporción a la excelencia del Evangelio mismo. Presumimos no sopesar la culpa comparativa de los hombres y los demonios, porque las Escrituras no nos han dado motivos suficientes para establecer tal comparación; pero la culpa de los que rechazan el Evangelio supera con creces la del mundo pagano: la maldad de Tiro y Sidón, sí, de Sodoma y Gomorra, no era igual a la de los judíos incrédulos: ni la culpa de aquellos judíos, que rechazaron sólo las advertencias de los profetas, era comparable a la de los que despreciaban el ministerio de nuestro Señor.

Asimismo, quienes vivan bajo la luz meridiana del Evangelio en este día tendrán aún más, si es posible, por qué responder que los oyentes de Cristo mismo; porque su trabajo y oficio ahora se exhiben más plenamente y se reconocen más en general. Y en el día del juicio el Evangelio será como una piedra de molino al cuello de los que lo rechazaron: no habiendo sido sabor de vida para su salvación, será sabor de muerte para su condenación más agravada.

¡He aquí! os declaramos que la luz, la luz gloriosa del Evangelio de Cristo, ha venido ahora al mundo! Amadores de las tinieblas, no rechazéis este bendito Evangelio. Poco puede el pecado contribuir a tu felicidad, aun cuando seas más capaz de saborear sus placeres; pero lo que puede hacer por ti en la hora de la muerte o en el día del juicio, es innecesario que lo diga. Entonces no dejes que te impida llegar a la luz. Seguramente es mejor que “tus obras sean reprendidas”, mientras tienes la oportunidad de enmendarlas, que continuar en ellas hasta que experimentes sus amargas consecuencias.

No viajarías en la oscuridad cuando pudieras disfrutar de la luz del día, o rechazarías la ayuda de un guía que te conduciría por el camino que profesaste buscar. Solo entonces actúen por sus almas como lo harían en sus preocupaciones temporales, y todo estará bien. Cree en Cristo y aún serás salvo por él; tanto de la comisión del pecado como de la condenación debida a él. Ustedes que profesan amar la luz, tengan cuidado de "andar como hijos de la luz". Lleve todo a la piedra de toque de la palabra de Dios. Pruebe su espíritu y temperamento, así como sus palabras y acciones mediante esta prueba. Vea si toma los preceptos de Cristo como su regla y su ejemplo como modelo.

También por el bien del mundo, así como por tu propia comodidad, debes venir continuamente a la luz. Si quisieran conciliar su consideración por el Evangelio, o eliminar sus prejuicios de ustedes mismos, deberían "manifestar sus obras que están hechas en Dios". Debes dejar brillar tu luz delante de los hombres, para que ellos, viendo tus buenas obras, glorifiquen a tu Padre que está en los cielos.”

JOHN GILL

Los hombres amaban más las tinieblas que la luz: los judíos, la mayor parte de ellos, preferían las tinieblas de la ley ceremonial, y la dispensación mosaica, e incluso las tradiciones de sus mayores, antes de la clara revelación evangélica hecha por Cristo Jesús; y los gentiles también, en su mayor parte, prefirieron continuar en su ignorancia pagana e idolatría, y caminar en sus propios caminos y en la vanidad de sus mentes, que abrazar a Cristo y su Evangelio, y someterse a sus ordenanzas y nombramientos.

Y la mayoría de los hombres, hasta el día de hoy, aman su oscuridad natural, y eligen caminar en ella, y tener comunión con las obras de las tinieblas y deleitarse en la compañía de los hijos de las tinieblas, en lugar de seguir a Cristo, la luz del mundo; recibir su Evangelio y andar en sus caminos, en comunión con sus santos: la razón de todo esto es, porque sus obras fueron malas; que eligieron no renunciar; y Cristo, su Evangelio y sus ordenanzas son contrarios a ellos; porque la doctrina de la gracia de Dios, que ha aparecido y resplandeció con gran lustre y esplendor en el mundo, enseña a los hombres a negar la impiedad y las concupiscencias mundanas; y por eso es odiado y rechazado por los hombres.”

GRANT OSBORNE

“Hay una poderosa evolución de los versículos 16 al 19. Dios amó al mundo lo suficiente como para enviar a su Hijo a morir para salvarlo, pero la humanidad pecadora amaba la oscuridad en vez de amar a Dios o a la luz que él había enviado. El mundo enfermo de pecado ha tomado una decisión enfática para voltearse contra Dios y abraza la oscuridad. Esto se muestra fácilmente en nuestro tiempo. Películas y medios de comunicación, siempre que deseen retratar aquello qué piensan que es “divertido”, siempre muestran escenas nocturnas, generalmente en lugares que “cobran vida” cuando oscurece. El mal es el lado activo de la oscuridad. La oscuridad es lo que es; ¡el mal es lo que hace!”

J.C RYLE

“[Esta es la condenación, etc.]. En este versículo, nuestro Señor muestra a Nicodemo otra cosa “celestial” más. Despliega ante él la verdadera causa de la destrucción de los que se pierden. Creo que nuestro Señor estaba pensando principalmente en los judíos incrédulos de su tiempo y en la verdadera razón de que le rechazaran. No era por falta de pruebas de su mesiazgo. Tenían pruebas de sobra. El verdadero motivo era que no estaban dispuestos a abandonar sus pecados. En segundo lugar, creo que nuestro Señor tenía en mente la historia futura de todos los cristianos y la verdadera causa de la destrucción de todos los que no se salvan en cada época. No es porque haya falta de luz para guiar a los hombres al Cielo. No es porque Dios carezca de amor o no quiera salvar. La verdadera razón es que los hombres de todas las épocas aman sus propios pecados y no quieren ir a Cristo para ser liberados de ellos.

La expresión “esta es la condenación” es evidentemente elíptica, y es preciso atribuirle su significado completo. Probablemente equivalga a decir: “Esta es la causa de la condenación, esta es su verdadera explicación”. Las siguientes expresiones elípticas son, en cierto modo, similares, y todas se hallan en 1 Juan: “Esta es la promesa”, “este es el amor”, “esta es la victoria”, “esta es la confianza” (1 Juan 2:25; 5:3, 4, 14).

[Que la luz vino al mundo]. La cuestión en esta frase es si la “luz” hace referencia a Cristo mismo o a la luz del Evangelio de Cristo. Me inclino a pensar que nuestro Señor quería reunir ambas ideas. Ha venido al mundo como una luz, y el Evangelio que ha traído consigo es como su autor, un fuerte contraste con la ignorancia y la maldad de la Tierra.

[Los hombres amaron más las tinieblas que la luz]. Las “tinieblas” de esta frase hacen referencia a las tinieblas morales y mentales: el pecado, la superstición y la irreligiosidad. Los hombres no pueden ir a Cristo y recibir su Evangelio sin abandonar todo esto, y lo aman demasiado como para abandonarlo.

[Porque sus obras eran malas]. Esta frase significa que sus hábitos vitales eran malignos y odiaban por naturaleza cualquier doctrina que exigiera un cambio de dichos hábitos. Me inclino a pensar que la utilización del pasado “amaron” en este versículo debiera interpretarse en un sentido presente, como sucede a menudo en el nuevo Testamento. El significado será entonces:

Los hombres amaron, aman y amarán siempre las tinieblas debido a la corrupción de la naturaleza humana, mientras perdure el mundo”. La frase se convierte entonces en una solemne descripción del estado de cosas que no solo se presenciaba entre los judíos durante la estancia de nuestro Señor en la Tierra, sino que se presenciaría en todas partes hasta el final de los tiempos.

Este versículo merece particular atención debido a lo profundamente misterioso que parece. Nos habla de la verdadera razón por que los hombres no van al Cielo y se pierden en el Infierno. No se nos dice cuál es el origen del mal. Se expresa con claridad la razón de que los hombres se pierdan.

No hay una sola palabra acerca de algún decreto de Dios que predestine a los hombres a la destrucción. No hay una sola sílaba acerca de alguna deficiencia o carencia, ya sea en el amor de Dios o en la expiación de Cristo. Por el contrario, nuestro Señor nos dice que “la luz vino al mundo”, que Dios ha revelado el camino de la salvación de manera suficiente como para que no tengan excusa si no se salvan. Pero la verdadera explicación de esta cuestión es que no tienen la disposición o inclinación natural a utilizar esta luz. Aman sus propios caminos oscuros y corruptos más que los caminos que Dios les ofrece. Cosechan, pues, el fruto de sus propios caminos y obtendrán finalmente lo que amaban. Amaban las tinieblas y serán echados a las tinieblas de afuera. No les gustaba la luz y, por tanto, serán privados de ella eternamente. En resumen, las almas perdidas serán lo que deseaban ser y tendrán lo que amaban.

Las palabras “porque sus obras eran malas” son muy instructivas. Nos enseñan que, cuando los hombres no tienen amor alguno a Cristo y su Evangelio y no los reciben, se demostrará al final que sus vidas y obras fueron malas. Quizá sus hábitos no sean repugnantes e inmorales. Quizá sean decentes y puros en términos comparativos. Pero el último día demostrará que en realidad han sido “malos”. Se demostrará que el orgullo intelectual, el egoísmo, el amor al aplauso humano o el rechazo a doblegar su voluntad, el farisaísmo o algún otro falso principio han estado presentes en toda su conducta. De una forma u otra, cuando los hombres rechazan ir a Cristo, siempre se demostrará que sus obras fueron “malas”. El rechazo del Evangelio estará siempre vinculado a alguna iniquidad moral. Cuando se rechaza a Cristo, podemos estar completamente seguros de que hay una cosa u otra en la vida o el corazón que no está bien. Si un hombre no ama la luz, sus “obras son malas”. Quizá los ojos humanos no detecten el error; pero los ojos de un Dios omnisciente sí.

Todo este versículo inspira una profunda humildad. Muestra la necedad de todas las excusas extraídas de las dificultades intelectuales para no recibir el Evangelio: la predestinación de Dios, nuestra incapacidad para transformarnos a nosotros mismos o ver las cosas desde otro punto de vista.

Este solemne versículo echa por tierra cualquier excusa de este tipo. Las personas no van a Cristo y prosiguen inconversas simplemente porque no desean ni quieren ir a Cristo. Aman más cualquier otra cosa distinta de la luz. Los elegidos de Dios demuestran ser elegidos “eligiendo” las cosas acordes a la mente de Dios. Los malvados demuestran ser únicamente aptos para la destrucción “eligiendo, amando y siguiendo” las cosas que conducen a la destrucción.

Dice Quesnel acerca de este versículo: “La mayor desgracia de los hombres no es que estén sujetos al pecado, la corrupción y la ceguera, sino su rechazo al Libertador, el Médico y la Luz misma.”

GARY BAUMLER

“Las palabras “amar” y “detestar” nos dicen por qué los incrédulos caen bajo el juicio. Ellos aman las tinieblas y detestan la luz. Podemos ver los resultados en las malas acciones que con frecuencia cometen de una manera descarada y que defienden enérgicamente. Los asesinatos, los abortos, la anarquía, la borrachera, el adulterio, la impiedad y una gran cantidad de otros pecados atraen a los incrédulos más que Cristo. En realidad, lo odian porque él se opone a lo que ellos aman.

Los que creen en Jesús viven en la verdad; la luz brilla sobre ellos, en ellos y a través de ellos. Al ser atraídos hacia Jesús, llevan a cabo las obras que ponen de manifiesto la presencia de Dios en su vida.”

LEON MORRIS

“Cuando las personas optan por las tinieblas, ellas mismas eligen su condena. Se encierran en las tinieblas; eligen vivir en tinieblas; y se niegan a ellas mismas la posibilidad de pasar a la luz. ¿Por qué? «Porque sus acciones eran malas». Inmersas en el círculo de hacer el mal continuamente, no quieren que se las moleste.

No quieren que se las saque a la fuerza de la cómoda pecaminosidad en la que viven y a la que ya se han acostumbrado. Así que rechazan la luz que se les ha acercado, y aman (aoristo) las tinieblas. Por lo que se condenan a sí mismos. En esta sección hay cierto énfasis en la “luz”.

De nuevo, repitiendo una palabra, Juan logra transmitir que se trata de algo importante (aparece 5 veces en los vv. 19-21). En este versículo quizá tiene un doble sentido. Por un lado, representa el significado metafórico: la “luz” es el “bien” que se opone a las “tinieblas”, que corresponden al “mal”. Pero además, en este evangelio, Cristo es la Luz (1:9; 8:12; 9:5), y Juan aquí está hablando de la venida de Cristo al mundo. La condena principal que recae sobre la gente de sus días se debe a que, cuando Cristo, la Luz del mundo, les visitó, le rechazaron. Amaron las tinieblas.

Este es un punto en el que la enseñanza de los manuscritos de Qumrán difiere de la de este evangelio. En los manuscritos podemos ver un determinismo rígido y sin esperanza. Los hombres de la oscuridad pertenecen al espíritu de error. Su destino les priva de poder tomar una decisión. Pero Juan habla del poder de elección que tenemos las personas. La gente prefirió las tinieblas a la luz. Nadie les forzó a tomar esa decisión; ellos mismos optaron por las tinieblas. Su condena radica en la elección que han hecho.”

SAN AGUSTIN

“¿Qué es practicar tú la verdad? No halagarte, ni alabarte, ni adularte tú a ti mismo, ni decir que eres justo, cuando eres inicuo. Así es como empiezas tú a practicar la verdad; así es como vienes a la luz, para que se muestren las obras que has hecho en Dios. Porque esto mismo que te hace aborrecer tus pecados no lo habría en ti si no te alumbrara la luz de Dios, si no te lo mostrara su verdad.

Más el que después de advertido ama sus pecados, éste odia la luz que le advierte y huye de ella para que no le reprenda las obras malas que ama. Mas, en cambio, quien hace la verdad reprende en sí sus malas obras; no se contempla, no se perdona, para que Dios le perdone. Lo que quiere qué Dios le perdone, lo reconoce él mismo, y así viene a la luz y da gracias a la luz porque le muestra el objeto de su odio. Dice a Dios: Aparta tú vista de mis pecados. ¿Con qué cara diría esto si no dijera a renglón seguido: Porque yo reconozco mis crímenes y tengo siempre delante de mí mis pecados?

Ten siempre en tu presencia lo que no quieres que esté en presencia de Dios. Porque, si echas tú a la espalda tus pecados, Dios te los volverá a poner en presencia de tu vista cuando ya la penitencia sea sin fruto alguno.

Corred, no sea que os sorprendan las tinieblas. Estad siempre en vela, hermanos míos, por vuestra salud; estad siempre en vela mientras dura el tiempo. Ninguno llegue tarde al templo de Dios, ni se quede atrás en las obras de Dios, ni se retraiga de la continua oración, ni deje que le roben el fruto y piedad acostumbrados. Estad en vela mientras dura el día y alumbra el día. Cristo es el día. Cristo está dispuesto a perdonar, pero a quienes se reconocen y se castigan; mas no a los que se defienden y se jactan de su justicia y se creen algo siendo nada.

El que anda en su amor y en su misericordia, libre ya de aquellos mortales y grandes pecados, como son crímenes, y homicidios, y hurtos, y adulterios, no deja por eso de hacer la verdad y de venir a la luz con obras buenas, confesando pecados que parecen pequeños, como son los de la lengua, o del pensamiento, o de la falta de moderación en cosas lícitas, ya que muchos pecados pequeños, cuando se descuidan, matan.

Bien pequeñas son las gotas que llenan los ríos, y dígase lo mismo de los granos de arena: si la carga es mucha, oprime y aplasta. El mismo efecto produce un depósito de un barco descuidado por las impetuosas olas; el agua va penetrando paulatinamente en el depósito, pero, entrando durante mucho tiempo y no vaciándose, llega a hundir la nave.

¿Qué es vaciar el depósito sino hacer buenas obras, tales como gemir, y ayunar, y socorrer, y perdonar para no ser aplastado por el peso de los pecados? ¡Qué difícil es el camino de este siglo y qué lleno de pruebas con el fin de qué no se ensoberbezca el hombre en la prosperidad ni se abata en la adversidad! Quien te concede la felicidad de este siglo, te la concede para tu consuelo, no para corrupción tuya.

Asimismo, quien te azota en este siglo, lo hace para corregirte, no para perderte. Sufre al padre que te enseña, para que no le experimentes como juez que te castiga. Todos los días os estoy diciendo esto, y está bien que se repita muchas veces, porque es cosa buena y saludable.”

WILLIAM HENDRIKSEN

“Podríamos parafrasear el pensamiento del versículo 19 de este modo: Y con respecto a los que rechazan al unigénito Hijo de Dios, éste es el veredicto divino: Que Cristo, que es en sí mismo la Luz—el amor y la verdad, y todos los atributos de Dios, en forma corporal—, a través de la palabra profética y especialmente por medio de su encarnación, vino a morar con la humanidad caída; pero, aunque algunos lo aceptaron, la inmensa mayoría prefirieron las tinieblas morales y espirituales del pecado (ceguera espiritual, aborrecimiento de los hermanos, etc., véase especialmente 1 Jn. 2:11, pero también 8:12; 12:35, 46; y 1 Jn. 2:8, 9). De hecho amaron realmente esas tinieblas; y la razón no fue que eran ignorantes por no haber oído nunca el evangelio, sino más bien que sus obras eran malas.”

MATTHEW HENRY

“Este versículo apunta a la única causa del destino fatal de los que no se salvan: se debe a una «preferencia culpable», a una «opción fundamental desviada», contra la luz santa que Dios es (Jua_1:9; 1Jn_1:5), y a favor de las tinieblas del pecado. En otras palabras la condenación de una persona no se debe a la ignorancia inculpable de Dios o del Evangelio, puesto que a todos llega de algún modo la luz que Cristo ha venido a traer (v. Jua_1:9; Rom_1:20; Rom_10:18), sino a la rebeldía de los que cierran el paso a la verdad que pugna por avanzar hasta el corazón (Jua_1:5; Rom_1:18).

Esta preferencia por las tinieblas no indica que haya en los impíos algún amor a la luz, aunque inferior al amor que tienen a las tinieblas; el versículo siguiente nos aclara este extremo. Notemos que el Evangelio es luz y, cuando se proclama el Evangelio, se enciende una luz en el mundo. La luz se muestra por su mismo brillo; lo mismo pasa con el Evangelio: muestra su origen divino. La luz descubre lo que está escondido a la vista. ¿Qué sería del mundo sin luz? Pero mucho más oscuro estaría el mundo sin la luz del Evangelio. No hay palabras para expresar la tremenda locura de los hombres que prefieren las tinieblas a la luz de Cristo.

Los malvados que estaban apegados a sus concupiscencias preferían su ignorancia y sus errores a las verdades del Señor. Los miserables pecadores están a gusto en su enfermedad, a gusto en su esclavitud, y no quieren ser libres ni quieren estar sanos. La verdadera razón por la que los hombres amaron más las tinieblas que la luz es «porque sus obras eran malas». ¡No hay situación tan triste como la del enfermo que, al no querer sanar de su enfermedad, se empeña en no darse cuenta de ella!

Es la táctica del avestruz, que esconde la cabeza bajo la arena, y piensa que por no ver él al enemigo, el enemigo no puede verle a él. La ignorancia culpable, lejos de excusar de pecado, sólo sirve para agravarlo, pues «ésta es precisamente la condenación»: que cerraron sus ojos a la luz sin admitir parlamento con Cristo y con el Evangelio. Hemos de dar cuenta en el juicio, no sólo de lo que hemos pecado contra lo que conocíamos, sino también por no querer conocer lo que debíamos saber.”

MARTIN LUTERO

“Estar hundido en pecado y tinieblas no es en sí mismo lo peor que nos puede ocurrir porque nacimos en pecado. Pero es una lástima que Cristo se vea obligado a decir: «La gente se complace en las tinieblas y ama el pecado». La Luz apareció, pero el corazón del hombre prefiere las tinieblas, persigue la luz y ama la oscuridad. Se complace en caminar por la oscuridad y evita la luz.

En primer lugar, ello pertenece a los que buscan servir a Dios con falsa adoración. No pueden soportar oír que han de ser redimidos y perdonados a través del Hijo de Dios y que su modo particular de orar no vale nada. Asimismo, tampoco tolerarán que se les reprueben sus malas acciones.

El papa pertenece a esta categoría. También está aferrado a las reglas, órdenes, conventos y otras mentiras y se adhiere a todo ello tan tenazmente, que el resultado es el odio y la persecución de Cristo, el Hijo de Dios. Es evidente que no reconoce este odio, al contrario, declara que ama al Hijo de Dios y cree en Él, pero sus obras desmienten lo que afirma.

En vista de las numerosas vilezas humanas, no sorprende que no sólo peque y caiga en las tinieblas, sino que también defienda su pecado. Pecar y errar es comprensible por culpa de la debilidad humana, en especial si la fe es débil todavía; pero tolerar y tratar de justificar una caída y no reconocerla como tal, sino que decir que está perfectamente bien, es diabólico. Cuando Adán pecó en el Paraíso, mantuvo una larga discusión antes de confesar finalmente su falta. Echó la culpa a Eva, ésta a su vez culpó a la serpiente. Adán se mostró muy renuente en confesar: «He pecado». Constituye la característica propia del diablo negarse a admitir que se ha pecado y tratar de justificarlo. A la gente le disgusta oír: un adúltero, un usurero, un beodo.

No sólo no desean ser reprendidos, sino que atacan a los predicadores aún cuando sepan muy bien que están pecando. No es mero pecado humano cuando uno peca y al mismo tiempo trata de justificar su pecado; no, el diablo tiene mano en esto y convierte el pecado humano en diabólico. Porque si al diablo le fuera posible exclamar: «¡Señor, he pecado!», de inmediato recuperaría su estado de ángel de luz y sería salvo. Pero esto está fuera de cuestión, porque el diablo sigue insistiendo en que tiene la razón y que quien se equivoca es Dios.

Tomemos como ejemplo de algo que tiene que ver con vuestra vida cotidiana. Si hay algo que se estropea y vosotros, como amos de la casa, os enojáis y preguntáis la causa, recibiréis la respuesta unánime: ¡Nadie tiene la culpa!», nadie reconocerá su responsabilidad en el hecho y sin embargo, el daño ha sido hecho y vuestro enojo sigue en pie. Algunas veces se atrapa a un sirviente en el momento y sin embargo, sigue negándolo. Si hubiera confesado la culpa de inmediato, su amo le hubiera perdonado. Pero el diablo y la muerte son traídos al mundo por don Nadie.

Como resultado, el hombre es tan bajo y vil que incluso echa la culpa a otros; si confesara su pecado, probablemente hallaría la inmediata misericordia divina y el amor de Dios. ¿Por qué el Señor nos negaría su amor si aceptamos de buena gana la cruz? Pero el rechazo hace que el pecado aumente siete veces su gravedad, lo multiplica infinitamente y sin medida. Fue el lema de queja y de lamento de todos los profetas. Moisés llamó a los hijos de Israel «nación terca, contumaz y desobediente, inclinada a no obedecer a Dios».

Salm_78:8 expresa una queja similar y así ocurre con Jer_5:3 y Eze_2:4. Y en Hechos_7:51 Esteban echa en cara a los judíos: «siempre resistís al Espíritu Santo». El diablo sigue el mismo modelo. Lo niega todo y convierte el pecado en siete veces más grave. Si un niño pudiera decir a su padre: «He cometido una falta, ¡perdóname!, sería perdonado. Pero en lugar de ello, el niño lo niega y así convierte en siete un solo pecado, aumentado, además, por la mentira al negarlo. Por otra parte, si se confesara la falta y se dijera: ¡He hecho esto!, permanecería en el seno de la luz y se convertiría en un ángel luminoso.

Pero nadie expulsa al don Nadie de la casa, ni del gobierno secular, ni de la iglesia, mucho menos lo mandará al infierno. Adán fue este don Nadie cuando declaró: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí» (Gen_3:12), y así don Nadie trajo la ruina a todos. Dios ordenó a Saúl exterminar a los amalecitas insistiendo en que no podría sobrevivir ni la pezuña de una cabra.

Pero Saúl desobedeció. Mató a la gente, pero se quedó el ganado más fino; dominado por la avaricia no destruyó las piezas mejores. Y cuando el profeta Samuel se lo reclamó preguntándole por qué no había sacrificado aquellos animales, replicó: «El pueblo los guardó para sacrificarlos al Señor nuestro Dios». Samuel se enfureció tanto que pronunció un juramento terrible sobre Saúl diciendo: «¿Qué le importa a Dios tu sacrificio? Él pide obediencia, no sacrificios de animales». Y cuando Saúl continuaba justificando y defendiendo su decisión, cayó sobre su cabeza el cargo de desobediencia.

Fue informado de que Dios rechazaba la desobediencia como un pecado semejante a la idolatría y brujería (1Sa_15:1-31). Si Dios me ordena hacer una cosa y yo hago otra, y encima intento justificarme, realmente estoy cometiendo brujería. Y a decir verdad, aún no nos hemos curado de esta costumbre. Si Saúl hubiera dicho: «Olvidé la orden, me equivoqué», se le hubiera perdonado el pecado.

David fue mucho más sabio. Declaró: «He resuelto en mi corazón no amar las tinieblas, sino confesar mis transgresiones». Y cuál fue el resultado. En Psa_32:5 leemos: «Y tú perdonaste la maldad de mi pecado»; cuando cometió adulterio y mandó matar a Urías y Natán se le acercó con la pregunta: «¿Qué has hecho?», David replicó: «He pecado contra el Señor» y Natán manifestó: «También Jehová perdona tu pecado» (2Sa_12:13).

Ya es suficientemente malo negarse a admitir el propio pecado cuando realmente creo que el Hijo de Dios se nos otorgó como el hombre que perdona el pecado. Pero el diablo, no nos deja detenernos ahí, está a nuestro lado cuando nos defendemos como don Nadie. Cometer un pecado y negarlo o intentar justificarlo no es humano, sino propio del diablo y enseña una verdadera cola de dragón. Si no estuviéramos afectados por este veneno, nuestra condición no sería tan desesperada.

¡Cuánto no hemos gastado en misas, con cuánta frecuencia hemos peregrinado, cuántas veces hemos acudido a los santos! Y ahora que vivimos en la amorosa relación con Dios, continuamos siendo incapaces de abrir la boca y decir: «¡Oh, he pecado!», aun a sabiendas que estas palabras nos obtendrían la remisión.

Cuando la Luz nos dice: ¡Eres malvado y pecador!, debéis reconocerlo y contestar: cierto!», y se os perdonarán los pecados. Pero no acabamos de decidirnos; cuando deberíamos estar dispuestos a caminar 2.000 millas, hasta el fin del mundo, para adquirir el consolador conocimiento de que los pecados nos son perdonados. Pero cuando esta consolación se nos presenta a la puerta de casa, nos burlamos de ella y seguimos al diablo que afirma tener la verdad y no Dios, además de poseer la habilidad de convencernos de que nosotros hemos de ser nuestro dios; también le seguimos cuando toleramos el pecado por el que se nos reprueba.

Preguntaos si sois capaces de dominar vuestro enojo cuando se ha estropeado algo en vuestra casa y todo el mundo defiende su inocencia. Ningún padre tolerará una cosa semejante de su hijo, hija o sirviente. Pero en la realidad, al dueño se le acusa de injusticia, los sirvientes desean mandar en casa y la sirviente dar órdenes a su dueña. Así el diablo desea ser el Dios de los cielos. No puede reconocer su pecado por defender que es el Dios de los cielos quien se halla en el error y que merecería estar en el infiero.

Puede ocurrir que pequemos por humana debilidad porque nacemos en pecado, en ignorancia de Dios y en ira contra el Señor. Desafortunadamente es algo corriente. Pero guardaos de agravarlo con el odio y la enemistad a Dios y su Palabra y con la negación de su pecado.

Por tanto, Cristo dice con toda veracidad: «Este es el juicio: la raza humana en su ceguera niega su pecado aunque Cristo vino al mundo para eliminarlo». Pero el problema real es que se toma a Cristo por diablo. El hombre pretende ser justo y ser Cristo; porque Cristo no es aceptado por el hombre. No es suficiente con que Cristo cargue con el pecado del hombre, también debe dejar que le llamen injusto y le condenen. Esto es hacer las cosas tres veces peores y pecar siete veces.

Cada uno de nosotros ha de estar dispuesto a ser castigado por los pecados cometidos bajo el papado y por la falsa adoración que practicamos allí. Hay que aceptar la verdad y admitir los fallos. Si lo hacemos, la gracia y el perdón serán nuestros. Como dijo David en Psa_32:5 : «Mi pecado declaré y no encubrí mi iniquidad». En Psalms 51 hallamos una confesión similar. Saúl, sin embargo, no reconoce su pecado. Hace a Dios mentiroso e ignora su Palabra; esto es convertir al diablo en un dios; debemos cultivar el hábito de decir la verdad de buena gana.

Los escritores alaban a los turcos por su veracidad; relatan que admiten de inmediato la verdad y no intentan defenderse con la excusa de ser don Nadie. Si atrapan a un turco en el acto, dice: «Sí, lo he hecho». Puede sentirse avergonzado, pero confesará la verdad. Es una vergüenza y una desgracia que los turcos, los archienemigos de Cristo el Señor, tengan el honor y la gloria de ser superiores a los cristianos en el reconocimiento de la verdad, además de educar a su gente y a sus hijos en esta virtud. Constituye una excelente disciplina cívica enseñar a los niños a no mentir, ni negar nada erróneo que se haya cometido. Es posible que posean otras características dignas de elogio; en realidad, no hay nadie tan malo que no albergue algo bueno. Nosotros los cristianos hemos de esforzarnos en imitar este ejemplo y cultivar el hábito de la veracidad.

Así que este es el juicio: el mundo niega sus pecados, incluso los defiende y así el pecado crece por siete. Nosotros, en cambio, nos arrepentimos y confesamos nuestra desobediencia y aceptamos a Cristo. Si el pueblo aceptara la Luz, pensarían como yo y dirían: «Fui un monje y un idólatra durante aproximadamente quince años. Me equivoqué y deseo reformarme». Si todos hicieran esto, sus pecados les serían perdonados.

Muchos de nosotros lo hacemos, otros son obstinados y alegan: «¿Acaso esta gente posee el monopolio del conocimiento?» y así, permanecen en las tinieblas y las defienden y odian y persiguen a la Luz. Nosotros también tenemos gente así en nuestro medio. No sólo pecan, sino que niegan su pecado, lo justifican y rechazan cualquier crítica hasta el punto que incluso esperan se les honre y se les disculpe su maldad. Esta es la obra del diablo a quien le gustaría extinguir la Luz.

Cuando un predicador observa que el vicio reina en una ciudad, no puede dejar de denunciarlo ni predicar para halagar a los autores de vicios como la fornicación, la avaricia, la usura, la mentira y el engaño porque sería despojar a la gente de la luz. Si un predicador criticara a un panadero por estafa en el peso del pan, se tomaría como una calumnia, igual que si se aplicara a los zapateros, sastres, carniceros y los demás oficios. No basta con que pequen, se niegan a admitirlo y se defienden contra la acusación.

De este modo, manifiestan su amor por las tinieblas. Os exhorto a volver a Dios y cambiar vuestros modos de pensar. Si habéis pecado, humillaos y confesad: «He estafado en el peso del pan, en el futuro no lo repetiré». No os neguéis a admitir la luz, pero si rechazáis la reprobación, os invito a subir a este púlpito y predicar en mi lugar. Es mi deber ser un predicador de la luz y señalaros vuestros pecados. Nos lamentamos grandemente de que cada rincón de la ciudad se haya convertido en una cloaca. Vigilad. Si deseáis ser hijos de la luz, debéis seguir el camino que ilumina, abandonar los malos hábitos y dejar de refunfuñar y estar de mal humor. Si no queréis oírnos, abandonad la iglesia.”

W. PARTAIN – B. REEVES

Porque sus obras (acciones, LBLA) eran malas. -- Jesús no se refiere solamente a la borrachera, el homicidio, el hurto, etc., sino también a las tinieblas religiosas e intelectuales (2Co_10:3-5). Los fariseos, saduceos, escribas y ancianos -- los líderes del pueblo de Israel -- estaban en tinieblas y resistían a Cristo y a los apóstoles porque amaban las tinieblas. Habían aprendido lo que las Escrituras dicen, pero no tenían corazones buenos y honestos (Luc_8:15; Hch_17:11). Los hombres que no obedecen al evangelio no pueden disculparse diciendo que no entienden la voluntad de Dios. Su problema no es intelectual sino moral. No aman la verdad, 2Ts_2:10-12.”

WILLIAM BARCLAY

“Aquí nos enfrentamos con una de las aparentes paradojas del Cuarto Evangelio, la del amor y el juicio: Acabamos de meditar sobre el Amor de Dios, y ahora, de pronto, nos encontramos frente a la idea del juicio y la condenación. Juan acaba de decir que fue porque Dios amaba al mundo de tal manera por lo que mandó a Su Hijo al mundo. Más adelante nos presentará a Jesús diciendo: «Para juicio he venido Yo a este mundo» (Jua_9:39). ¿Cómo es posible que sean verdad las dos cosas?

Es totalmente posible ofrecerle a una persona una experiencia nada más que por amor, y que esa experiencia provoque su juicio. Es totalmente posible ofrecerle a una persona una experiencia que no se pretende que produzca nada más que alegría y bendición, y sin embargo se convierta en un juicio. Supongamos que amamos la buena música y nos sentimos más cerca de Dios en medio de la marea estruendosa de una gran sinfonía que en ninguna otra situación.

Y supongamos que tenemos un amigo que no sabe nada de tal música y queremos introducirle en esta gran experiencia, compartirla con él, y ponerle en contacto con la belleza invisible de la que nosotros disfrutamos tanto. No tenemos otra intención que la de darle a nuestro amigo la felicidad de una gran experiencia. Le llevamos a un concierto; y a poco de empezar le vemos inquieto, paseando la mirada por toda la sala, obviamente aburrido. Ese amigo se ha dictado su propia sentencia de no tener cabida en el alma para la buena música. La experiencia diseñada para producirle una nueva felicidad se ha convertido en algo que no es sino un juicio.

Esto nos sucede siempre cuando nos vemos confrontados por la grandeza. Puede que se trate de contemplar una gran obra de arte pictórico, o de escuchar a un gran orador, o de leer un gran libro. Nuestra reacción es nuestro juicio. Si no apreciamos la auténtica belleza ni sentimos emoción estética es que somos insensibles a esa forma de arte.

Cierto turista estaba visitando un gran museo en el que abundaban las obras maestras de un valor incalculable, de belleza intemporal y de indiscutible genio. Al final del recorrido, dijo al guía: «¿Sabe lo que le digo? Que no me parecen gran cosa sus viejas pinturas.» A lo que contestó reposadamente el guía: «Caballero, le recuerdo que estas obras no están en tela de juicio; pero los que las contemplan, sí.»

Todo lo que había mostrado la reacción de aquella persona era su propia lamentable ceguera. Su juicio despectivo se había vuelto contra sí misma.

Y eso es lo que nos pasa en relación con Jesús. Si ante Su presencia el alma responde a Su maravilla y belleza, se está en el camino de la salvación. Si ante Su figura no vemos nada amable, estamos condenados. Nuestra reacción nos ha salvado o nos ha condenado. Dios envió a Jesús por amor. Le envió para nuestra salvación, pero lo que se hizo por amor ha resultado para condenación. No es Dios el Que condena; Dios solamente ama; es cada uno el que se condena a sí mismo.

El que reacciona hostilmente ante Jesús es que prefiere la oscuridad a la Luz. Lo terrible de las personas que son buenas de veras es que siempre producen un cierto elemento inconsciente de condenación. Esto sucede porque, cuando nos comparamos con ellas, nos vemos tal como somos en realidad. Alcibíades era un genio malogrado, un compañero de Sócrates, al que decía a veces: "¡Sócrates, te odio porque siempre que te encuentro me haces verme como soy en realidad!» El que está metido en negocios turbios no quiere que se le dirija el reflector; pero el que lleva las cosas claras no le tiene ningún miedo a la Luz.

Una vez le vino un arquitecto a Platón a ofrecérsele para hacerle una casa cuyas habitaciones no se pudieran ver desde ningún sitio. Platón le dijo: "Te daré el doble si me haces una casa cuyas habitaciones se puedan ver desde todas partes.»

Es sólo el malhechor el que no se quiere ver a sí mismo ni que nadie le vea. Una persona así es inevitable que aborrezca a Jesucristo, Que le hará verse tal como es, que es lo último que quiere ver. Prefiere sentirse arropado por la oscuridad antes que descubierto por la Luz.

Por su reacción ante Jesucristo, una persona se revela y su alma queda al descubierto. Si Le recibe con amor y con anhelo de mejorar, hay esperanza; pero si no ve nada atractivo en Jesús, se condena a sí misma. El Que le fue enviado por amor Se le ha convertido en un juicio.”

 

CAUSAS FUNDAMENTALES DE LA INCREDULIDAD DEL HOMBRE (JOHN OWEN)

CAUSAS

EXPLICACION

 

 

 

 

 

Prejuicios que han adoptado, en base a principios e intereses corruptos.

Esto encerró a la mayoría de los judíos de antaño bajo su incredulidad. Habían recibido muchos prejuicios contra la persona de Cristo, que en todas las ocasiones expresaron; y por eso se ofendieron con él y no creyeron. Que era pobre, que había salido de Galilea, que los gobernantes y maestros de la iglesia lo rechazaban, y conspiraban contra él. Así también lo habían hecho en contra de su doctrina, y eso principalmente sobre dos principios falsos; uno de justificación por las obras de la ley, como nuestro apóstol declara directamente, Rom. 9:31, 32, 10: 3; los otros, de la perpetuidad o inmutabilidad de las instituciones de Moisés, de las que trata el apóstol en romanos. Y estos prejuicios surgieron en parte de su orgullo de buscar la justicia por las obras de la ley, y en parte de un deseo corrupto de cosas terrenales, riquezas, dominio y riquezas, que esperaban con y por su Mesías. En general. Éstas fueron en muchos casos las causas inmediatas de su incredulidad, como se manifiesta en todas partes en el evangelio. Y así es con muchos en todo momento. Los prejuicios contra los predicadores del evangelio por diversas razones, y contra su doctrina, ya sea como inútil, o falsa, o ininteligible, o algo que no saben qué, que no les gusta, les impide prestar atención a la palabra y creer. Ver Juan 5:44.

 

 

 

Obstinacion en la Voluntad del hombre.

Así nuestro Salvador les dice a los fariseos, Juan 5:40, "No queréis venir a mí para que tengáis vida". No es la perversidad y obstinación que hay en la voluntad de todos los hombres por naturaleza lo que nuestro Salvador pretende aquí, sino una perversidad especial en ellas, que surge de una envidia especial y un odio hacia Cristo y su doctrina. Por tanto, no sólo no lo recibieron, lo que podría ser acusado de su natural impotencia, sino que realizaron un acto positivo de su voluntad al rechazarlo y oponersele. Y por esta razón, la culpa de la incredulidad de los hombres se resuelve absolutamente en su propia voluntad. Y ya sea que se descubra o no, esta es la condición de muchos en todos los tiempos y estaciones.

 

 

 

 

El amor al pecado.

Juan 3:19, "Esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas". La luz del evangelio se lleva a un lugar o pueblo; se acercan tanto a ella que descubren su fin y su tendencia; pero tan pronto como descubren que tiene como objetivo separarlos de ellos y de sus pecados, ya no quieren tener más que ver con eso. Y por esta razón, la condenación sigue a la predicación del evangelio, aunque su propio fin apropiado sea la salvación y eso solo. Y esta es la forma común de la ruina de las almas: no les gustan los términos del evangelio, debido a su amor por el pecado; y así perecen en y por sus iniquidades.

 

 

 

 

 

La ignorancia necia.

Ésta  surge de la posesión de la mente de los hombres con otras cosas, inconsistente con la fe y la obediencia del evangelio, a través de la astucia y la perfidia de Satanás, que es otra causa de esto. Así nos dice nuestro apóstol, 2 Cor. 4:4, que "el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del glorioso evangelio de Cristo, que es la imagen de Dios". Es cuando las mentes de los hombres se iluminan con la luz del evangelio cuando creen; porque por esa luz se produce la fe. ¿Cómo se obstaculiza esto, cómo se obstruye? Es por la oscuridad y ceguera de sus mentes. ¿Qué oscuridad es esta, la que es natural y común a todos? No, sino lo que de una manera peculiar es traído y reflejado en la mente de algunos hombres por el arte y los engaños del dios de este mundo; es decir, a través de sus tentaciones y sugerencias, llena y posee sus mentes con las cosas de este mundo (de donde se le llama aquí peculiarmente "el dios de este mundo"), que se mantienen en una ignorancia estúpida y brutal de la espiritualidad y sus cosas. Y esto les impide creer. 

 Estos son algunos de los muchos ejemplos que pueden darse de las causas inmediatas de su incredulidad privativa, que consiste en rechazar o no recibir las verdades del evangelio, cuando se proponen debidamente a la mente de los hombres. Y esto aclara completamente la santidad y justicia de Dios en sus juicios contra los incrédulos finales e impenitentes a quienes se predica el evangelio; porque como esa impotencia que hay en ellos naturalmente es culpable, y no es excusa para ellos para no creer debido a sí mismos que no podrían hacerlo, ya que es por su propia falta que son llevados a esa condición, así cada uno en su propia persona que no cree, por un acto voluntario de su voluntad, rechaza el evangelio, y eso con principios tan corruptos que nadie puede negar que es su pecado.

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