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EVANGELIO DE JUAN CAPITULO 3
VERSICULO 3 |
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RV1960 |
NVI1999 |
BTX4 |
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Respondió
Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de
nuevo, no puede ver el reino de Dios. |
De
veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, dijo Jesús. |
Respondió
JESÚS y le dijo: De cierto, de cierto te digo: A menos que alguno sea nacido
de nuevo no puede ver el reino de DIOS. |
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TR+ |
INA27+ |
VUL |
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απεκριθηG611 V-ADI-3S
οG3588 T-NSM ιησουςG2424 N-NSM καιG2532 CONJ ειπενG3004 V-2AAI-3S αυτωG846
P-DSM αμηνG281 HEB αμηνG281 HEB λεγωG3004 V-PAI-1S σοιG4771 P-2DS εανG1437
COND μηG3361 PRT-N τιςG5100 X-NSM γεννηθηG1080 V-APS-3S ανωθενG509 ADV
ουG3756 PRT-N δυναταιG1410 V-PNI-3S ιδεινG3708 V-2AAN τηνG3588 T-ASF
βασιλειανG932 N-ASF τουG3588 T-GSM θεουG2316 N-GSM |
απεκριθη G611:V-ADI-3S Respondió
ιησους G2424:N-NSM Jesús και G2532:CONJ y ειπεν G3004:V-2AAI-3S dijo αυτω
G846:P-DSM a él αμην G281:HEB Amén αμην G281:HEB amén λεγω G3004:V-PAI-1S
estoy diciendo σοι G4771:P-2DS a ti εαν G1437:COND si alguna vez μη
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ανωθεν G509:ADV desde arriba ου G3756:PRT-N no δυναται G1410:V-PNI-3S está
siendo capaz ιδειν G3708:V-2AAN ver την G3588:T-ASF a el βασιλειαν G932:N-ASF
reino του G3588:T-GSM de el θεου G2316:N-GSM Dios |
respondit
Iesus et dixit ei amen amen dico tibi nisi quis natus fuerit denuo non potest
videre regnum Dei |
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KJV |
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Jesus answered and said
unto him, Verily, verily, I say unto thee, Except a man be born again, he
cannot see the kingdom of God. |
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TCB |
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De
cierto, de cierto te digo. Jua_1:51; Mat_5:18;
2Co_1:19, 2Co_1:20; Apo_3:14. El
que no naciere de nuevo. Jua_3:5,
Jua_3:6; Jua_1:13; Gál_6:15; Efe_2:1; Tit_3:5; Stg_1:17-18; Stg_3:17;
1Pe_1:3, 1Pe_1:23-25; 1Jn_2:29; 1Jn_3:9; 1Jn_5:1, 1Jn_5:18. No
puede ver el reino de Dios. Jua_3:5;
Jua_1:5; Jua_12:40; Deu_29:4; Jer_5:21; Mat_13:11-16; Mat_16:17; 2Co_4:4. |
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COMENTARIOS:
ISAAC AMBROSE
“A menos que nazca de nuevo, no puedo entrar
en el cielo. ¡Nacer de nuevo! Oh Señor, ¿qué es eso? ¿Alguna vez me
hicieron algo así? ¿Alguna vez fui arrojado a los dolores de un nuevo
nacimiento? Y continué en esos dolores ¿Hasta que Cristo Jesús fue formado en
mí? ¿Se acabaron todas las cosas, y ahora todas son hechas nuevas? ¿El hombre
viejo, los viejos deseos, la vieja conversación, están completamente
abandonados y desmantelados? ¿Son nuevos mis principios? ¿Mis objetivos y fines
nuevos? ¿Mi vida y mi conversación son nuevas?"
Sólo
considera, oh alma mía, como si este sermón y todos los demás te hubieran sido
predicados; date cuenta de que Cristo está a tu lado, abre su boca y te enseña
así y así. Seguramente hay un hablar de Cristo desde el cielo: "Mirad que no desechéis al que habla desde el
cielo" (dice el apóstol)". Y además, Jesús tiene sus ministros
aquí en la tierra, y diariamente predican estos sermones de Cristo; predican
las cosas que el Señor mismo dijo por primera vez; te suplican y te oran en
lugar de Cristo. Entonces, medita en estas cosas y entrégate por completo a
ellas, para que sea de tu provecho.”
JOHN OWEN
“En
la regeneración y santificación de los elegidos, este es el primer acto externo
de esta salvación. Esto es obra de la palabra, 1 Ped. 1:23: "Nacer de nuevo, no de semilla corruptible,
sino de incorruptible, por la palabra de Dios"; donde no sólo se
declara la cosa en sí, o nuestra regeneración por la palabra, sino también la
manera de la misma. Es por la colación de una nueva vida espiritual sobre
nosotros, de la cual la palabra es la semilla. Así como toda vida procede de
alguna semilla, que tiene en sí misma prácticamente toda la vida, para ser
educada de ella por medios y formas naturales, así la palabra en el corazón de
los hombres se convierte en un principio vital que, apreciado por los medios adecuados,
realiza actos y operaciones vitales.
Por
este medio somos "nacidos de Dios"
y "vivificados", quienes
"por naturaleza somos hijos de ira,
muertos en delitos y pecados". Entonces Pablo les dice a los corintios
que él los "engendró en Cristo Jesús
por medio del evangelio", 1 Cor. 4:15. Confieso que este trabajo no lo
hace ningún poder residente en sí mismo y siempre acompañando necesariamente a
su administración; porque entonces todos serían así regenerados a quienes se
predica, y no habría descuido de ella. Pero es el instrumento de Dios para este fin; y poderoso y eficaz es Dios
para su cumplimiento.”
WILHEMUS BRAKEL
“El
pacto de gracia y nuestra transacción de pacto con Dios en Cristo tiene su
origen y base en este pacto de redención
entre Dios y Cristo (Info. En el Apéndice.). De este pacto surgió el
principio, la continuación y el fin de la salvación del hombre. Antes de que
nadie existiera, y antes de que se les proclamara el evangelio, ya se había
decretado y establecido en este pacto cuándo nacería cada uno de los elegidos; cuándo y por qué medios serían traídos al pacto, la medida de gracia, consuelo
y santidad; y la cantidad y
naturaleza de las tribulaciones y cruces que tendrían que soportar en esta
vida.
Todo
esto ha sido determinado y todos los asuntos antes mencionados surgen de este
pacto. Por lo tanto, los elegidos, por un lado, necesitan estar quietos y dejar que el Señor trabaje. Solo
necesitan abrir la boca para recibir, porque todo lo que está comprendido en
los articulos de este pacto ciertamente les será dado. Por otro lado, deben
concentrarse en este pacto, participar activamente en el pacto de la gracia y
vivir en él, deben convertirlo en el fundamento de su vida.
Esto
motivará a los piadosos a proceder con entendimiento y perseverancia, sin
descansar en la firmeza de su fe o piedad ni, como uno se inclina a hacer tan a
menudo, ser sacudidos de un lado a otro cuando ambos parecen disminuir. Como
consecuencia de esto, reconocerán que la manifestación de cada gracia e
influencia del Espíritu Santo procede de este pacto. Se les permitirá exclamar con
sentimiento, alegría y amor: “Porque de
él, y por él, y para él, son todas las cosas; a él sea la gloria por los
siglos. Amén” (Rom 11, 36).
La
regeneración es también el objetivo del sufrimiento y la muerte de Cristo. “El se dio a sí mismo por nosotros para
redimirnos de toda iniquidad, y purificar para sí un pueblo peculiar, celoso de
buenas obras” (Tito 2:14). Por tanto, el que está incluido en lo que Cristo
ha merecido, nacerá de nuevo.
A quien Cristo le ha sido dado para justificación, también le ha sido dado para
santificación.
Si
la regeneración es tan esencial que sin ella no se puede esperar salvación,
¡cuánto debería preocuparse el hombre de
nacer de nuevo! Porque por naturaleza no ha sido regenerado, está muerto y
va camino de la perdición. ¡Cuán preocupados deberían estar todos por saber
cuál es su estado a este respecto! Cómo debería preguntarse el hombre: ¿Soy yo
uno de ellos? Hágase la pregunta: ¿Ya he sido regenerado? Presta atención a tu respuesta,
porque no hay un tercer estado.”
NOTA: La palabra “regeneración”, paliggenesia, solo se encuentra en dos pasajes en el texto bíblico: Mateo
19:28 y Tito 3:5 y es un sinónimo de “nacer
de nuevo” (Juan 3:3-8). Describe el cambio espiritual que tiene lugar en el
corazón del hombre por obra del Espíritu Santo y en el que su naturaleza
inherentemente pecaminosa es transformada a fin de que tenga capacidad de
responder a Dios por medio de la fe y vivir de acuerdo con su voluntad.”
(Edwing P. Tomado del “Tesoro de David” CH. Spurgeon tomo 2 Editado por E. Vila
Pag. 195).
BEDA EL VENERABLE
“Puesto que la raza humana perdió el fulgor de
la luz del rostro de Dios a causa del pecado, plugo a Dios asumir forma humana
naciendo en la carne (Filipenses 2:6-7), a fin de poder enseñarnos que hemos de nacer de nuevo en el Espíritu…
para disfrutar nuevamente de la luz del rostro de Dios.”
JONATHAN EDWARDS
“El
cambio que experimenta un hombre cuando nace
de nuevo, y en su arrepentimiento y conversión, es el mismo que la
Escritura llama la circuncisión del
corazón. Esto puede aparecer fácilmente al considerar que como regeneración
es aquello en lo que se alcanzan los hábitos de verdadera virtud y santidad,
como se ha manifestado y confesado; así es la circuncisión del corazón. Deut. 30:6.
“Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón
y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu
corazón y con toda tu alma”.
La
regeneración es aquello por lo cual los hombres llegan a tener el carácter de
verdaderos cristianos; como es evidente y como se confiesa; y también lo es la
circuncisión del corazón; porque por esto los hombres se hacen judíos
interiormente, o judíos en el sentido espiritual y cristiano (y eso es lo mismo
que ser verdaderos cristianos), como en la antigüedad, los prosélitos se
hicieron judíos por la circuncisión de la carne. Rom. 2:28,29. “Pues no es judío el que lo es exteriormente,
ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es
judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en
espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de
Dios.”
Que la circuncisión del corazón es lo mismo con la conversión, o volverse del pecado a Dios, es evidente por Jer. 4:1-4. “Circuncidaos a Jehová, y quitad el prepucio de vuestro corazón, varones de Judá y moradores de Jerusalén; no sea que mi ira salga como fuego, y se encienda y no haya quien la apague, por la maldad de vuestras obras.” Y Deut. 10:16. "Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz." La circuncisión del corazón es el mismo cambio de corazón que los hombres experimentan en el arrepentimiento; como es evidente por Lev. 26:41. “…y entonces se humillará su corazón incircunciso, y reconocerán su pecado.”
GEORGE WHITEFIELD
“La
verdad del asunto es esto: la doctrina de nuestra regeneración, o nuevo nacimiento en Cristo Jesús, es
difícil de entender por el hombre natural. Pero que realmente existe tal cosa,
y que cada uno de nosotros debe nacer de
nuevo espiritualmente, es una verdad eterna.
Primero,
porque Dios mismo, en su santa palabra, nos lo ha dicho. Se podrían producir
muchos textos del Antiguo Testamento para probar este punto, y de hecho, uno se
preguntaría cómo Nicodemo, quien era un
maestro en Israel, y quien por lo tanto iba a instruir al pueblo en el significado
espiritual de la ley, era un ignorante de este gran artículo, como descubrimos
que realmente lo estaba, al preguntarle a nuestro bendito Señor, cuando estaba presionando
sobre él en este tema, ¿Cómo pueden ser
estas cosas?
Sin
duda, no podía olvidar la frecuencia con la que el salmista le había suplicado
a Dios que le hiciera "un corazón
nuevo" y "que renovara un
espíritu recto en él"; de la misma manera, cuán frecuentemente los profetas
habían advertido al pueblo que Dios les haría “corazones nuevos” y mentes
nuevas, y así se volverían al Señor su Dios. Pero sin mencionar estos y
otros textos similares del Antiguo Testamento, esta doctrina se repite tan a
menudo y claramente en el Nuevo, que, como he observado antes, el que corre
puede leer.
Por
lo que dice el mismo gran Profeta e Instructor del mundo: JESUCRISTO "El que no naciere de nuevo del agua y del
Espíritu (todo aquel que es naturalmente la descendencia de Adán) no puede entrar en el reino de Dios".
Y no sea que seamos propensos a despreciar esta afirmación, y como Nicodemo,
rechacemos la doctrina, porque no podemos explicar inmediatamente "Cómo puede ser esto"; nuestro
bendito Maestro, por tanto, lo afirma, por así decirlo, mediante un juramento:
“De cierto, de cierto os digo”, o, como
puede leerse, un doble Amén; Yo, que soy la verdad misma, os digo que es
el compromiso inalterable de mi Padre celestial, que "el que no naciere de
nuevo, no puede entrar en el reino de Dios".
Son
agradables a esto aquellos muchos pasajes que encontramos en las epístolas,
donde se nos manda ser “renovados en el
Espíritu” o, como se explicó antes, en las más recónditas facultades de
nuestra mente; para “despojar al Viejo,
que es corrupto; y vestirse del Hombre Nuevo, creado según Dios, en justicia y
santidad verdadera”; que "las
cosas viejas deben pasar, y que todas las cosas deben ser hechas nuevas";
que debemos ser "salvados por el
lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo". O,
me parece, si no hubiera otro pasaje que producir además de las palabras del
texto, sería lo suficientemente completo, ya que el apóstol en él afirma
positivamente que "Si alguno está en
Cristo, nueva criatura es".
Se
podrían producir multitud de otros textos para confirmar esta misma verdad;
pero los ya citados son tan sencillos y convincentes, que uno imaginaría que
nadie debería negarlo; si no se nos hubiera dicho, hay algunos, “que teniendo ojos, no ven, y oídos, no oyen,
y no entenderán con el corazón, ni oirán con sus oídos, para que no se
conviertan y Cristo los sane.”
CHARLES SPURGEON
“Es
un misterio tal, una cosa de un carácter tan maravilloso, que su vieja
naturaleza no puede verlo. Debe tener ojos nuevos. Debe ser un hombre nuevo.
Debe nacer de nuevo antes de poder "ver
el Reino de Dios". ¿Ha captado esta idea, querido lector? ¿Entiendes
que no puedes pulirte hasta cierto punto y luego ver el Reino de Dios? Debes
nacer ¡de nuevo! Debe haber un cambio radical en ti, un nuevo
nacimiento, un nacimiento desde arriba, si quieres ver el Reino de Dios.”
A.T ROBERTSON
“Primer
aoristo de subjuntivo de gennaö. Anöthen.
Originalmente «de arriba» (Mr.
15:38), luego «del cielo» (Jn. 3:31),
luego «desde el principio» (Lc. 1:3),
y luego «de nuevo», «otra vez» (palin anöthen, Gá. 4:9). ¿Qué significado tiene aquí? La
perplejidad de Nicodemo muestra (cf. la palabra gr. deuteron, versículo 4) que él lo entendió como «de nuevo», un segundo nacimiento desde el vientre. La Vulgata lo traduce como renatus fuerit denuo. Pero el
malentendido de Nicodemo no determina el sentido que Jesús empleara aquí. En
otros pasajes en Juan (3:31; 19:11, 23) el sentido es «de lo alto» (desuper), y
así lo es generalmente en los Sinópticos. Se trata, desde luego, de un segundo
nacimiento, de regeneración, pero también de un nacimiento de lo alto por el
Espíritu.”
SAN JUAN CRISOSTOMO
“Para
que sus palabras parezcan menos duras no se dirige directamente a él, sino que
habla de forma genérica: Quien no nace de
lo alto... Como diciendo: tú y quien quiera que tenga esa opinión de mí
está fuera del Reino. Si no fuera éste su significado, la respuesta de Jesús
estaría fuera de lugar. Si los judíos hubieran oído semejante respuesta, se
habrían ido, riéndose de El. Para Nicodemo, sin embargo, constituyó un pretexto
para aumentar su deseo de aprender. Cristo
se expresa a menudo de forma oscura para estimular a sus oyentes a que le hagan
preguntas y para hacerlos más diligentes
en el actuar. Porque cuando algo se dice claramente suele suceder que quien
lo escucha rehuye prestarle atención, mientras que un discurso oscuro y arduo
hace al oyente más atento y curioso.
Esa
respuesta, por tanto, significa: si no
naces de lo alto, si no recibes al Espíritu a través del baño de la
regeneración, no podrás llegar a tener un concepto acertado de mí. La
opinión que ahora tienes no es espiritual,
sino carnal. Jesús no se expresó con
esas palabras para no asustar a su interlocutor, que hablaba según su
capacidad. Lo que está claro es que le animó a buscar un conocimiento más
completo cuando le dijo: Quien no nace de
lo alto... Según unos, la expresión «de
lo alto» significa «del cielo».
Según otros, «desde el principio».
Quien no nazca así, dice Cristo, no podrá ver el Reino de Dios. Expresión esta
última con la que se refería a sí mismo y apuntaba a la necesidad de no detenerse
en lo que de El era visible, sino que son menester otros ojos para ver a
Cristo.”
RAYMOND BROWN
“Jesús
empieza afirmando que, dado que Dios está en lo alto, el único modo en que se
puede entrar en su reino es el de nacer, o ser
engendrados, de lo alto. Todo el discurso subrayará que todo lo que se encuentra en el nivel de la
naturaleza, de la carne, no puede alcanzar el nivel divino sin ser elevado. Y
esa elevación es realizada por Dios, que ha descendido del cielo hasta los
seres humanos y después sube de nuevo al cielo, llevando consigo a la
humanidad, lo cual compendia toda la teología joánica de la encarnación, la
muerte redentora, la resurrección y la ascensión.”
A.W PINK
“El
nuevo nacimiento fue el primer tema de la enseñanza del Salvador en este
Evangelio. En los dos primeros capítulos aprendemos de varias cosas que hizo,
pero aquí en Juan 3 está el primer discurso de Cristo registrado por este
apóstol. No es cómo debe vivir el
hombre lo que primero nos instruye Cristo en este Evangelio, sino cómo los hombres son vivificados
espiritualmente. Un hombre no puede vivir antes de nacer; ni un muerto
puede regular su vida. Ningún hombre puede vivir hacia Dios hasta que haya nacido de nuevo. La
importancia del nuevo nacimiento, entonces, se muestra aquí, en el sentido de
que la instrucción del Salvador se coloca al principio de Su enseñanza en este
Evangelio. Por lo tanto, se nos enseña que es de importancia básica y
fundamental.
En
segundo lugar, la importancia del nuevo nacimiento es declarada por el términos
solemnes en los que Cristo habló de él, y particularmente en la manera en que
prefacio su enseñanza al respecto. El Señor comenzó diciendo: "De cierto, de cierto", que
significa "De verdad, de verdad".
Cristo emplea esta expresión sólo cuando estaba a punto de mencionar algo de naturaleza trascendental. El
doble "en verdad" denotaba
que lo que estaba a punto de decir tenía un significado solemne y de peso. Que
el lector aprenda a prestar especial atención a lo que sigue a estos "De cierto, de cierto" del Salvador,
que se encuentran sólo en Juan.”
JOHN WESLEY
“En
este solemne discurso, nuestro Señor muestra que ninguna profesión externa,
ninguna ordenanza ceremonial o privilegio de nacimiento, podría dar derecho a
las bendiciones del reino del Mesías: que todo un cambio de corazón y de vida
era necesario para ese propósito: que esto solo podía obrar en el hombre por el poder omnipotente de Dios: que
todo hombre nacido en el mundo estaba por naturaleza en un estado de pecado,
condenación y miseria; que la misericordia gratuita de Dios había dado a su
Hijo para librarlos de ella, y elevarlos a una inmortalidad bendita: para que
toda la humanidad, tanto gentiles como judíos, pueda participar de estos
beneficios, obtenidos por ser levantado en la cruz, y ser recibidos por la fe
en él: pero si lo rechazaran, su eterna y agravada condenación sería la
consecuencia segura.”
DAVID GUZIK
“La
respuesta de Jesús a Nicodemo destruye la asunción de que la identidad racial –
su viejo nacimiento – les aseguraba un
lugar en el Reino de Dios. Jesús dejó claro que el primer nacimiento de un
hombre no lo asegura en el reino; solo el
nacer de nuevo da esta seguridad.
i.
Era ampliamente enseñado entre los judíos en ese tiempo que como descendían de
Abraham, tenían el cielo automáticamente asegurado. De hecho, algunos rabís
enseñaban que Abraham hacía guardia en la puerta del infierno, solo para
asegurarse que ninguno deambulara por accidente en ese lugar.
ii.
La mayoría de los judíos de ese tiempo esperaban que el Mesías trajera un nuevo
mundo, en el cual Israel y el pueblo judío serían preeminentes. Pero Jesús vino
a traer vida nueva, en la que Él sería
preeminente.”
LUIS PALAU
“Notemos
que apenas Nicodemo comienza a hablar (sólo estaba en la parte introductoria de
su pequeño discurso), Jesús lo interrumpe con una frase intrigante: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el
reino de Dios.”
Este
hombre de alta posición social, acaudalado, religioso y sincero, aunque no lo
manifestaba en forma directa, quería saber cómo entrar al reino de Dios. Jesús,
sin embargo, le respondió a su alma y no
a lo que sus labios habían expresado. Cuán a menudo vemos que, con su
respuesta, Dios señala la necesidad real.
El
reino de Dios no se refiere a un reino material, de comida y bebida, sino a un
reino espiritual, de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Ro. 14:17). Y
ese reino de Dios no depende de posición social, raza, educación ni trasfondo
religioso, sino que depende de la gracia
que Dios ofrece a través de su Hijo (Ef. 2:8–9; Col. 1:13– 14).”
JUAN CALVINO
“VER el reino de Dios tiene el
mismo significado que entrar en el reino de Dios, como veremos inmediatamente
por el contexto. Pero se equivocan quienes suponen que el reino de Dios
significa el Cielo; porque más bien significa la vida espiritual, que se inicia por la fe en este mundo, y
aumenta gradualmente cada día según el progreso continuo de la fe. Entonces el
significado es que ningún hombre puede estar verdaderamente unido a la Iglesia,
para ser contado entre los hijos de Dios, hasta que no haya sido previamente renovado.
Esta
expresión muestra brevemente cuál es el comienzo del cristianismo, y al mismo tiempo
nos enseña, que nacemos exiliados y completamente alienados del reino de Dios,
y que existe un perpetuo estado de variación entre Dios y nosotros, hasta que
él hace nosotros completamente diferentes por haber nacido de nuevo; porque la declaración
es general y comprende a toda la raza humana. Si Cristo le hubiera dicho a una
persona, o a unas pocas personas, que no podían entrar al cielo, a menos que hubieran
nacido de nuevo previamente, podríamos haber supuesto que solo se señalaron
ciertos personajes, pero él habla de
todos sin excepción; porque el lenguaje es ilimitado, y es de la misma
importancia con términos universales como estos: Todo aquel que no nazca de nuevo no puede entrar en el reino de Dios.
Con
la frase nacer de nuevo no se expresa
la corrección de una parte, sino la
renovación de toda la naturaleza. De ahí se sigue que no hay nada en
nosotros que no sea pecaminoso; porque si la reforma es necesaria en el todo y
en cada parte, la corrupción debe haberse extendido por todas partes. Sobre
este punto pronto tendremos ocasión de hablar más ampliamente. Erasmo,
adoptando la opinión de Cirilo, ha traducido incorrectamente el adverbio anwqen,
desde arriba, y traduce la cláusula
así: a menos que un hombre nazca de
arriba. La palabra griega, lo reconozco, es ambigua; pero sabemos que
Cristo conversó con Nicodemo en el idioma
hebreo. Entonces no habría lugar para la ambigüedad que ocasionó el error
de Nicodemo y lo llevó a escrúpulos infantiles sobre un segundo nacimiento de
la carne. Por lo tanto, entendió que Cristo no había dicho nada más que que un
hombre debe nacer de nuevo antes de ser admitido en el reino de Dios.”
JOHN MACARTHUR
“El
reino de Dios en su aspecto universal se refiere al señorío soberano de Dios
sobre toda su creación. En ese sentido amplio del término, todo el mundo es
parte del reino de Dios, pues el Señor “estableció
en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos” (Sal. 103:19; cp.
10:16; 29:10; 145:13; 1 Cr. 29:11-12; Jer. 10:10; Lm. 5:19; Dn. 4:17, 25, 32).
Pero
aquí Jesús no se estaba refiriendo al
reino universal. En su lugar, estaba hablando específicamente del reino de la salvación, el reino espiritual donde viven ahora
quienes nacieron de nuevo por el poder divino y por medio de la fe, y están
bajo el gobierno de Dios mediado por su Hijo. Nicodemo, como los otros
judíos, anticipaba con ansias ese reino glorioso. Desdichadamente, creían ellos
que por ser descendientes de Abraham, observar la ley y realizar ritos
religiosos externos (la circuncisión particularmente), obtendrían la entrada al
reino. Pero estaban profundamente equivocados al creerlo así, como Jesús lo
dejó claro. No importa cuán activo pueda ser alguien en lo religioso, nadie
puede entrar al reino de Dios sin experimentar la regeneración personal del
nuevo nacimiento (cp. Mt. 19:28).
Las
implicaciones de las palabras de Jesús a Nicodemo eran asombrosas. Toda su vida
él había observado la ley diligentemente (cp. Mr. 10:20), así como los rituales
del judaísmo (cp. Gá. 1:14). Se había unido a los fariseos ultra-religiosos e
incluso se había hecho miembro del sanedrín. Ahora Cristo le estaba diciendo
que se olvidara de eso y comenzara de nuevo; que abandonara todo el sistema de
justicia por obras en el cual había puesto su esperanza; que se diera cuenta de
la impotencia de los esfuerzos humanos para salvarse.
R.
C. H. Lenski describe la consternación que Nicodemo debió de haber sentido:
“La
palabra de Jesús sobre el nuevo nacimiento hace pedazos de una vez para siempre
toda supuesta excelencia alcanzada por el hombre, todo el mérito de las obras
humanas, todas las prerrogativas del nacimiento o el estado natural. El nacimiento espiritual es algo por lo cual
se pasa, no algo que se produce. Así como nuestros esfuerzos no tienen
ninguna relación con nuestro nacimiento y concepción natural, de manera
análoga, pero en un plano mayor, la regeneración no es una obra nuestra. ¡Qué
golpe para Nicodemo! Ser judío no lo hacía partícipe del reino; ser fariseo,
considerarse más santo que las otras personas, no le representaba nada; ser miembro
del sanedrín y su fama como uno de sus escribas sumaba cero. ¡Este Rabí de
Galilea le dijo tranquilamente que él todavía no estaba en el reino! Todo
aquello sobre lo cual había depositado sus esperanzas a lo largo de una vida difícil
se hizo añicos y quedó valiendo menos que un montón de cenizas (The
Interpretation of St. John’s Gospel [La interpretación del Evangelio de san
Juan] [Reimpresión; Peabody: Hendrickson, 1998], pp. 234-235).”
ALEXANDER MACLAREN
“Lo
primero que usted y yo queremos, para nuestra participación en el Reino de
Dios, es un cambio radical y absoluto en
todo nuestro carácter y naturaleza. 'Os
es necesario nacer de nuevo'; ahora, sea lo que sea lo que eso signifique,
significa, en todo caso, esto: una
profunda renovación y metamorfosis de la naturaleza del hombre, como la más
urgente necesidad que tienen el mundo y todos los individuos que lo componen.
La base más profunda de esa necesidad radica en el hecho del pecado.
Hermano,
solo podemos verificar la afirmación de nuestro Señor al escudriñar
honestamente lo más profundo de nuestro corazón y mirarnos a nosotros mismos a
la luz de Dios. Piensa en lo que queremos decir cuando decimos: "Él es luz, y en Él no hay tinieblas".
Piensa en esa pureza absoluta, esa, para nosotros, espantosa aversión a todo lo
que es malo, a todo lo que es pecaminoso. Piense en qué clase de hombres deben ser
para que puedan ver al Señor. Y luego mírate a ti mismo. ¿Estamos en
condiciones de traspasar ese umbral? ¿Estamos en condiciones de mirar ese
rostro? ¿Es posible que tengamos comunión con él?
Oh,
hermanos, si meditamos correctamente en dos hechos, la santidad de Dios y nuestro propio carácter, creo que sentiremos
que Jesucristo ha declarado verdaderamente el caso cuando dice: 'Os es necesario nacer de nuevo'. A menos
que usted y yo podamos cambiarnos radicalmente, no hay cielo para nosotros; no
hay comunión con Dios para nosotros. Debemos estar delante de Él y sentir que
hay un gran abismo entre nosotros y Él. Y así, cuando un hombre viene con su
pobre y pequeño "Tú eres un Maestro",
no se necesitan palabras para poner en evidencia la absoluta insuficiencia de
una concepción como esa. Lo que el mundo
quiere no es un Maestro, es un Dador de vida. Lo que quieren los hombres es
que no se les diga la verdad; ya lo saben. Lo que quieren es que no se les diga
su deber; ellos también lo saben. Lo que
quieren es un poder que los vuelva limpios. Y lo que cada uno de nosotros
quiere antes de poder ver al Señor es que, si es posible, algo se apodere de
nosotros, cambie por completo nuestra naturaleza y exprese desde nuestro
corazón la gota negra que yace allí contaminando todo.
Ahora,
esta necesidad se satisface en Jesucristo.
Porque había dos "deberes"
en su conversación con Nicodemo, y ambos se referían directamente al único
propósito de profundizar la concepción inadecuada de Nicodemo de lo que era y
lo que hacía. Dijo: "Os es necesario
nacer de nuevo", para que su oyente y nosotros pudiéramos tener en
cuenta esto: que necesitamos algo más que
un Maestro, incluso un Dador de vida; y dijo: 'Es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado', para que todos
sepamos que en Él se satisface la necesidad, y que el Hijo del Hombre, que
descendió del Cielo y está en el Cielo, incluso mientras Él estába en la
tierra, es la única escalera por la que los hombres pueden ascender al cielo y
contemplar a Dios. Así, es la obra de Cristo como Redentor, el sacrificio de
Cristo en la Cruz, el poder de Cristo que trae al mundo una vida nueva y santa,
y la insufla en todos los que confían en Él, lo que constituye el centro mismo
de Su obra.
Coloca
al lado de esto lo que dijo Nicodemo, 'Tú
eres un Maestro enviado por Dios'. Ah, hermanos, eso no servirá; ¡No
servirá para ti y para mí! Queremos algo mucho más profundo que eso. El secreto
de Jesús no se revela hasta que hemos pasado al santuario interior, donde
aprendemos que Él es el Sacrificio por el
mundo y la Fuente y Origen de una nueva vida.
No
sabemos qué surgió inmediatamente de esta conversación. Solo sabemos que
bastante tiempo después, Nicodemo no se había equivocado hasta el punto de reconocer
abiertamente, como un hombre valiente, que era seguidor de Cristo; pero que
tímidamente se aventuró en el Sanedrín para deslizar una protesta
ingeniosamente ideada para ocultar sus propias opiniones y, sin embargo, para
beneficiar a Cristo, cuando dijo: "¿Nuestra
ley juzga a alguien antes de escucharlo?" Y, por supuesto, la tímida
protesta fue barrida, como merecía, por el feroz antagonismo de sus
co-sanedristas.
Pero
cuando llegó la Cruz, y se volvió más peligroso confesar el discipulado, se
armó de valor, o mejor dicho, el valor
fluyó dentro de él desde esa Cruz, y fue valientemente y 'anhelaba el cuerpo de Jesús', lo tomó y
lo enterró. Eso, Sin duda, cuando miró a Jesús colgado en la Cruz, recordó esa
noche en Jerusalén cuando el Señor dijo: 'Es
necesario que el Hijo del Hombre sea levantado', y recordó cómo había
hablado acerca de la serpiente levantada en el desierto, y una gran luz
resplandeció sobre él, que puso fin para siempre a toda vacilación y timidez para
él. Y entonces estaba listo para ser un mártir, o cualquier otra cosa, por el
bien de Aquel a quien ahora encontraba mucho
más que un 'Maestro', incluso el
Sacrificio por cuya herida fue sanado.
Queridos
hermanos, les traigo esa Cruz ahora, y les ruego que vean allí la verdadera
obra de Cristo por nosotros y por el mundo. Nos ha enseñado, pero ha hecho más.
No solo ha hablado, ha muerto.
No
solo nos ha mostrado el camino por el que caminar, nos ha hecho posible caminar
por él. Él no es simplemente uno más entre el grupo noble que ha guiado,
inspirado e instruido a la humanidad, sino que está solo; no es un Maestro,
sino el Redentor, "el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo".
Si, es un maestro, tome sus enseñanzas, ¿y cuáles son? Estos, que es el Hijo de Dios; que 'vino de Dios'; que "fue a Dios"; que Él 'da su vida en rescate por muchos';
que Él será el Juez de la humanidad;
que si confiamos en Él, nuestros pecados son perdonados y nuestra naturaleza se
renueva.
No
vayas escogiendo y seleccionando entre Sus enseñanzas, porque estas que he
nombrado son tan ciertamente Suyas como 'Todo
lo que quieras que los hombres te hagan, hazlo a ellos', o cualquier otra
de las enseñanzas morales que el mundo profesa admirar. Tomen todas las enseñanzas
de todo el Cristo y confesarán que Él es
el Redentor de sus almas y el Dador de vida por quien, y solo por quien,
entramos en el Reino de Dios.”
CHARLES SIMEON
“No
podemos entrar en el reino de gloria- [Hay una idoneidad para la herencia
celestial [Col 1:12.], Que todos deben alcanzar antes de poder disfrutar de la
felicidad de los santos en la luz. Así como, en la tierra, ninguna ocupación
puede proporcionarnos placer, si no tenemos un gusto interior y un gusto por
ella, así, en el cielo, debemos tener disposiciones adecuadas al estado de los
de arriba. Pero, ¿dónde se puede obtener esta disposición, si no en esta vida?
¿Se puede pensar que habrá “arrepentimiento en la tumba” y que seremos
regenerados en un estado futuro? ¿Acaso él, que nunca amó supremamente a su
Dios, se inflamará de inmediato con un afecto devoto hacia él?
¿No
contemplará más bien con pavor y horror la santidad de Dios, el que nunca fue
renovado después de la imagen divina, y temblará ante la vista del Cordero,
cuyo amor agonizante despreció y cuya sangre pisoteó? ¿Aquel que nunca buscó en
secreto una hora de comunión con Dios, se deleitará en no tener otro empleo
para toda la eternidad? No; “Como el árbol se cae, así reposa”; “El que fue
injusto, será injusto todavía; y el que estaba inmundo, todavía será inmundo
". Así como existe esta razón por parte del hombre, también hay una razón
aún más convincente por parte de Dios. Dios ha declarado, con reiteradas y
solemnes aseveraciones, que "el que
no naciere de nuevo, no entrará jamás en su reino".
¿Y
ha hablado así simplemente para alarmarnos? "¿Es hombre para que mienta, o
hijo de hombre para que se arrepienta?" ¿Se deshonrará a sí mismo para
favorecernos? ¿Violará los derechos de la justicia, la santidad y la verdad
para salvar a aquellos que, hasta la hora de su muerte, rechazaron y despreciaron
la misericordia ofrecida? Si todo el mundo te dice que serás admitido en el
cielo, no les creas: porque el Juez de
vivos y muertos ha declarado con las aseveraciones más fuertes posibles, que nunca
lo harás. No nos engañemos entonces con esperanzas tan vanas: porque no
pueden terminar en nada más que en la decepción y la ruina. Deje que su
renovación sea progresiva; y nunca pienses que has logrado algo mientras quede
algo por alcanzar.”
GRANT OSBORNE
“Jesús
lleva ahora a Nicodemo al próximo paso a través de su segundo diálogo de doble
amēn (después de 1:51). Sin embargo, no responde a la pregunta implícita de
Nicodemo sobre Jesús como un rabino que produce señales. Más bien, él arranca
al hombre de sus cómodas categorías rabínicas para comenzar con el alucinante
comunicado, “De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el
reino de Dios” Hay un juego de palabras aquí, debido a que “nuevamente” (anōthen) está relacionada tanto con el
tiempo (“nuevamente, otra vez”) como con el espacio (“desde arriba”). Lleva dos
significados aquí. En otras palabras, Jesús
está exigiendo un nuevo nacimiento enviado del cielo.
Él
es el Rey de Israel (1:49) que ha traído el reino de Dios con él en su venida a
la tierra (Mr 1:15). Dios mismo era el primer rey verdadero sobre Israel (1Sa
12:12; Sof 3:15), y el futuro reino anhelado por el pueblo en el día de la
Señor, cuándo serían liberados por el salvador mesiánico (Is 9:2–7; Zac 9:9–17;
Mal 4:5). Jesús está afirmando que solamente este renacimiento permitirá que
cualquiera pueda ver y experimentar este reino. Nicodemo habría pensado en la
esperanza nacional judía, pero Jesús estaba redefiniendo el concepto. Más tarde
le dirá a Pilato: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18:36), lo que significa
que es una verdad celestial, únicamente disponible con el nuevo nacimiento
enviado del cielo. No se puede ingresar solo en virtud de la membresía en el
pueblo del pacto, los judíos.
Este
reino de Dios es inaugurado, es decir, se encuentra aquí (ya) y de manera
inminente (no todavía) y será consumado en la segunda venida. En Juan, Jesús no
habla a menudo del reino; el término solo aparece aquí y en 18:36. Más bien, su
enseñanza sobre el tema se centra en el concepto de “vida eterna,” en ambos
sentidos tanto presente como futuro, tenemos “vida” ahora en Cristo (3:16;
5:24) y seremos resucitados en el día postrer (5:28–29; 6:39–40).”
J.C RYLE
“[Respondió Jesús]. Con frecuencia, se ha
preguntado: “¿Qué es lo que contestó Jesús?”. No se le formuló pregunta alguna.
¿Qué vínculo de unión hay entre las palabras de Nicodemo y la solemne
afirmación que contienen las primeras que le dirigió Jesús?
Creo
que la verdadera respuesta a estas preguntas es que nuestro Señor, como en
muchas otras ocasiones, respondió según
lo que vio que estaba sucediendo en el corazón de Nicodemo. Sabía que el
que le estaba interpelando, como todos los judíos, esperaba la venida del
Mesías y hasta sospechaba haberlo encontrado. Comienza, pues, por decirle de
inmediato lo que era absolutamente necesario si quería pertenecer al Reino del
Mesías. No era un reino terrenal, como vanamente suponía, sino espiritual.
No
era un reino en el que todos los descendientes de Abraham tendrían un lugar de
forma automática debido a su nacimiento. Era un reino en el que la condición
indispensable de acceso era la gracia,
y no la sangre. Lo primero que se necesitaba para pertenecer al Reino del Mesías
era “nacer de nuevo”. Los hombres
deben renunciar a cualquier idea de disfrutar de privilegios por su nacimiento
natural.
Todos
los hombres, ya sean judíos o gentiles, deben nacer de nuevo, renacer, nacer de
lo alto por medio de un nacimiento espiritual. “Nicodemo —parece decir nuestro
Señor—, si quieres saber cómo se convierte un hombre en miembro del Reino del
Mesías, comprende hoy que el primer paso es nacer de nuevo. No pienses que,
debido a que Abraham es tu padre, el Mesías te admitirá como uno de sus
súbditos. Desde ahora mismo te digo que lo primero que necesitáis tú y cualquier
hombre es un nuevo nacimiento”.
Soy
completamente consciente de que se han ofrecido otras explicaciones del vínculo
entre el comentario de Nicodemo y la aseveración con que comienza nuestro
Señor. Solamente diré que la que he dado me parece con mucho la más sencilla y
satisfactoria.
[De cierto, de cierto te digo]. Esta
expresión, que es específica del Evangelio según S. Juan, ya ha sido comentada
(Juan 1:51). Pero es provechoso señalar al considerar el versículo que tenemos
ante nosotros que esta frase no se utiliza nunca más que en relación con alguna
afirmación de gran importancia y solemnidad.
[El que no]. La traducción literal del
término griego sería “cualquiera” o “cualquier persona”. Nuestro Señor quiere
que sepamos que el cambio denominado “nuevo nacimiento” es una necesidad universal.
Nadie puede salvarse sin él.
[Naciere de nuevo]. La palabra griega que
aquí se traduce como “de nuevo” podría equivaler de forma igualmente correcta a
“de lo alto”, esto es, del Cielo o de Dios. Se traduce así en este capítulo (versículo
31) y en otros cuatro lugares del Nuevo Testamento (Juan 19:11; Santiago 1:17;
3:15, 17).
En
otro lugar, (Gálatas 4:9), es “de nuevo”. Muchos comentaristas de todas las
épocas —como Orígenes, Cirilo, Teofilacto, Bullinger, Lightfoot, Erasmo y
Bengel— han sostenido con convicción que “naciere de lo alto” —y no “naciere de
nuevo”— es la traducción más apropiada y correcta de la frase. La versión de
Cranmer lo traduce como “naciere de lo alto”. La impresión que tengo coincide con
la mayoría de los comentaristas en que “naciere de nuevo” es la traducción
correcta. Por un lado, es más que probable que Nicodemo entendiera que nuestro
Señor había dicho “naciere de nuevo”, o de otro modo sería difícil que hubiera
preguntado: “¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y
nacer?”. Por otra parte, las palabras griegas que se utilizan en otros cuatro
lugares en que se habla de regeneración no permiten otra interpretación que la
de “nacer de nuevo” y no podrían traducirse como “nacer de lo alto” (cf. 1
Pedro 1:3, 23; Mateo 19:28; Tito 3:5).
Afortunadamente,
esta cuestión carece de importancia y los hombres pueden discrepar al respecto si
no consiguen convencerse mutuamente. Sin lugar a dudas, todo verdadero
cristiano ha “nacido de lo alto” gracias al poder vivificador de Dios en el
Cielo, además de haber “nacido de nuevo” por medio de un segundo nacimiento
espiritual.
Lo
que nuestro Señor quería decir cuando dijo “el que no naciere de nuevo” es, por
desgracia, una cuestión acerca de la cual existen grandes discrepancias en la
Iglesia de Cristo. Comoquiera que sea, no se puede decir que la expresión sea
un caso aislado. Se utiliza seis veces en el Evangelio según S. Juan, una vez
en la Primera Epístola de S. Pedro y seis veces en la Primera Epístola de S.
Juan (Juan 1:13; 3:3, 5, 6, 7, 8; 1 Pedro 1:23; 1 Juan 2:29; 3:9; 4:7; 5:1, 4,
18). El sentido común y una interpretación honrada del lenguaje señalan que
“nacido de nuevo”, “nacido del Espíritu” y “nacido de Dios” son expresiones tan
íntimamente ligadas entre sí que significan una misma cosa. Lo único que hay
que preguntarse es: ¿Qué significan?
Algunos
piensan que “nacido de nuevo” no significa más que “reforma exterior o
conformidad externa como la de un prosélito a un nuevo conjunto de reglas de
vida”. Esta es una interpretación casi obsoleta y completamente
insatisfactoria. Hace que nuestro Señor no diga a Nicodemo más de lo que podía
haber aprendido de filósofos paganos tales como Sócrates, Platón o Aristóteles;
o de lo que podía haber oído de cualquier rabino con respecto a los deberes de
un prosélito que pasara del paganismo al judaísmo.
Algunos
piensan que “nacido de nuevo” significa ser admitido en la Iglesia de Cristo
por medio del bautismo y recibir un cambio espiritual del corazón
inseparablemente unido al bautismo. Esta, de nuevo, es una interpretación
insatisfactoria. Por un lado parece improbable que la primera verdad que expusiera
nuestro Señor a un fariseo que le preguntara fuese la necesidad del bautismo.
Ciertamente,
jamás lo hizo en ninguna otra ocasión. Por otro lado, si nuestro Señor se
refería únicamente al bautismo, es difícil explicar el asombro y la perplejidad
que expresó Nicodemo al escuchar las palabras de nuestro Señor. El bautismo no
resultaba ajeno a un fariseo. En la Iglesia judía se bautizaba a los
prosélitos. Finalmente, pero no por ello de menor importancia, queda claro a
partir de la Primera Epístola de S. Juan que ser “nacido de nuevo”, “nacido del
Espíritu” o “nacido de Dios” significa algo muy superior al bautismo.
Ciertamente, la imagen que presenta allí el Apóstol del hombre que ha “nacido
de Dios” no podría corresponder a un hombre que se bautiza.
Creo
que la interpretación correcta de esta expresión es la siguiente: Ser “nacido
de nuevo” es el cambio absoluto del corazón y de la naturaleza que se efectúa
en un hombre por medio del Espíritu Santo cuando se arrepiente, cree en Cristo
y se convierte en un verdadero cristiano. Es un cambio del que se habla
frecuentemente en la Biblia. En Ezequiel se denomina “[quitar] el corazón de
piedra de en medio de su carne, y [darle] un corazón de carne”; “[dar] corazón
nuevo, y [poner] espíritu nuevo” (Ezequiel 11:19; 36:26). En Hechos se denomina
“[arrepentimiento] y [conversión]” (Hechos 3:19). En Romanos se habla de
presentarse “como vivos de entre los muertos” (Romanos 6:13). En Corintios se
habla de ser una “nueva criatura”. En Efesios, de recibir “vida” (Efesios 2:1).
En Colosenses, de haberse “despojado del viejo hombre con sus hechos, y
revestido del nuevo” (Colosenses 3:9–10). En Tito se denomina “el lavamiento de
la regeneración” (Tito 3:5). En Pedro, ser “[llamado] de las tinieblas a su luz
admirable” y “ser participantes de la naturaleza divina” (1 Pedro 2:9; 2 Pedro
1:4). En Juan, “[pasar] de muerte a vida” (1 Juan 3:14).
Creo
que todas estas expresiones se reducen a lo mismo en última instancia. Todas
son la misma verdad vista desde distintos ángulos. Todas hablan del tremendo
cambio interior del corazón que nuestro Señor llama aquí “nacer de nuevo” y que
Juan el Bautista predijo diciendo que caracterizaría particularmente al Reino
del Mesías. Él no bautizaría con agua, sino con el Espíritu Santo. Nuestro
Señor comienza su respuesta a Nicodemo retomando la predicción de su precursor:
le dice que debe “nacer de nuevo” o ser bautizado con el Espíritu. La
naturaleza humana está tan completamente corrupta, enferma y destruida por la
Caída que todos los que deseen ser salvos deben nacer de nuevo. No bastará
ningún cambio menor que ese. No les vale nada menos que un nuevo nacimiento.
[No puede ver]. Esta expresión ha sido
interpretada de dos formas. Algunos piensan que significa: “No puede entender o
comprender”. Otros, que quiere decir: “No puede entrar, disfrutar, participar
de él o poseerlo”. Creo que el verdadero significado de la expresión es este
último. El primero es verdadero, pero no es la verdad que comunica este texto.
Lo segundo queda confirmado por el lenguaje que se utiliza en el versículo 5, y
es una figura retórica común de la que se dan muchos casos en la Biblia.
Encontramos, pues: “verá la vida” (Juan 3:36), “vea corrupción” (Salmo 16:10), “verá
muerte” (Juan 8:51), “vimos el mal” (Salmo 90:15), “no veré llanto”
(Apocalipsis 18:7).
[El reino de Dios]. Esta expresión hace
referencia al Reino espiritual que el Mesías vino a establecer al mundo y del
que todos los creyentes son súbditos; el Reino que ahora es pequeño, débil y
despreciado, pero que será grande y glorioso en la Segunda Venida. Nuestro
Señor declara que ningún hombre puede pertenecer a ese Reino y convertirse en
uno de sus súbditos sin un nuevo nacimiento. Para pertenecer al pacto de Israel
con todos sus privilegios terrenales, un hombre solo tenía que nacer de padres
judíos. Para pertenecer al Reino del Mesías, un hombre debe “nacer de nuevo”
del Espíritu y tener un nuevo corazón.
Merece
la pena leer el comentario que hace Lutero, citado por Stier, de este
versículo. Pone en los labios de nuestro Señor: “Mi doctrina no es de hacer y
no hacer, sino de ser y convertirse; no es, pues, una nueva obra que hacer,
sino ser creado de nuevo; no es vivir de otra forma, sino nacer de nuevo”.
Conviene
observar la constante idoneidad de la enseñanza de nuestro Señor para lo que
pensaban específicamente aquellos a los que enseñaba. Al joven rico apegado a
su dinero le dice: “Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres”; a la
muchedumbre que busca alimento le dice: “Trabajad, no por la comida que
perece”; a la mujer samaritana que venía a sacar agua, le recomienda “agua
viva”. Al fariseo orgulloso de su nacimiento como hijo de Abraham, le dice: “Os
es necesario nacer de nuevo” (Lucas 18:22; Juan 6:27; 4:10).”
LEON MORRIS
“El Reino de Dios” es el tema central de
la enseñanza de Jesús en los Evangelios Sinópticos. Muchos han estudiado la
cuestión con profundidad, y por eso hay mucha literatura sobre este tema. La
mayoría de los eruditos de la modernidad sostienen que el término “reino” debe entenderse en un sentido dinámico; sugieren que es más exacto
traducir “reinado”, ya que se trata
de la aplicación o puesta en práctica del reinado o el gobierno de Dios. Quizá
la intención de Juan en el versículo 5 no es que analicemos la distinción que
hay entre “ver el reino” y “entrar en el reino”. Pero creo que Jesús
habla aquí de “verlo”. El que no nazca de nuevo, no solo no podrá
disfrutar de todos los privilegios del reino, sino que además ni siquiera podrá
ver el reino.
Incidentalmente,
este pasaje es el único de este evangelio que menciona el reino de Dios (aunque Jesús también usa la expresión “mi reino” (18:36). Pero Juan habla con
más frecuencia de la vida eterna, y
parece ser que para él, estar en posesión de la vida eterna significa lo mismo
que “entrar en el reino de Dios” en
los Sinópticos.”
SAMUEL P. MILLOS
“Jesús
responde al visitante indicándole que necesitaba, como todo hombre, nacer de nuevo. El verbo gennaw,
se traduce cuando está en voz pasiva por nacer. Sin embargo, el verbo tiene el
sentido de concebir, refiriéndose a la acción del padre en la concepción de un
hijo. Este nuevo nacimiento espiritual es el resultado de la operación vivificante
de Dios en el pecador que ha creído. Es una acción celestial y no terrenal,
divma y no humana.
Con
toda seguridad Jesús y Nicodemo no hablaron entre sí en griego, sino en arameo, donde no hay una palabra que
pueda expresar los conceptos, aparentemente discrepantes, del adverbio griego (de nuevo o de arriba, ver Comentario en este v. de J. Calvino y A.T Robertson.
Edwing P.). Pero, cualquiera que sea el idioma, Nicodemo tuvo que enfrentarse a
un dilema para determinar que era eso de nacer, ya que bien sea de nuevo, o
bien de arriba, entraña el hecho de experimentar otro nacimiento. Esta dificultad la explica el mismo Señor y la
recoge Juan en los siguientes versículos, donde se extenderá el comentario para
considerar aspectos del nuevo nacimiento.”
JAMES SMITH
“Por
naturaleza nacemos espiritualmente ciegos, y por ello no podemos ver aquella
esfera en la que sólo Dios es Rey; y Satanás ha cegado de tal manera la mente
que es moralmente imposible que los tales entren en allí. Cualquier nacimiento
o vida que sea conforme a la voluntad de la carne no es apto para el reino de
Dios (Jua_1:13). Todo lo que el hombre pecaminoso toca está contaminado, y nada
que contamine entrará en este reino celestial. Este nuevo reino en Cristo Jesús
sólo puede ser habitado por una nueva creación según su propia semejanza
(2Co_5:17). El Reino de Dios no es ni comida ni bebida, y no consiste en meros
placeres carnales que cualquier persona irregenerada pueda disfrutar, sino que
es justicia de corazón, paz con Dios y gozo del Espíritu Santo, que nadie
irregenerado puede jamás disfrutar. Tiene que nacer de lo alto antes que pueda
entrar en la posesión de estas cosas que son de arriba. Los puros de corazón
verán a Dios.”
C.I SCOFIELD
“1)
La necesidad del nuevo nacimiento surge de la incapacidad del hombre en su
estado natural para "ver" o "entrar en" el reino de Dios.
Por muy dotado, moral o refinado que el hombre sea, en su condición natural él
está completamente ciego tocante a la verdad espiritual, e impotente para
entrar en el reino; porque no puede obedecer, ni entender, ni agradar a Dios
(Jua_3:3; Jua_3:5-6; Sal_51:5; Jer_17:9; Mar_7:21-23; 1Co_2:14; Rom_8:7-8;
Efe_2:3. Véase Mat_6:33, Com. Scofield).
2)
El nuevo nacimiento no es una mera reforma de la naturaleza que hemos heredado
de Adán (Rom_6:6, nota), sino un acto creativo del Espíritu Santo (Jua_3:5;
Jua_1:12-13; 2Co_5:17; Efe_2:10; Efe_4:24).
3)
El requisito para que el nuevo nacimiento se efectúe es fe en el Cristo
crucificado (Jua_3:14-15; Jua_1:12-13; Gál_3:24).
4) Mediante el nuevo nacimiento, el creyente llega a ser un participante de la naturaleza divina y de la vida de Cristo mismo (Gál_2:20; Efe_2:10; Efe_4:24; Col_1:27; 1Pe_1:23-25; 2Pe_1:4; 1Jn_5:10-12).”
MATTHEW HENRY – FRANCISCO LACUEVA
“Sin
esta regeneración o nuevo nacimiento, el hombre, depravado por naturaleza, está
totalmente desorientado, hecho un cadáver espiritual, incapaz incluso de ver
las cosas del espíritu (v. 1Co_2:14; Efe_2:1.). El Señor da su palabra (amén,
amén) de que es necesaria una nueva vida, pues el nacimiento es el comienzo de
la vida. No hay que pensar en poner parches al viejo edificio ni curar con
cataplasmas al que es ya un cadáver; es preciso empezar por los cimientos y
adquirir una nueva naturaleza (v. 2Pe_1:4) y, por ello, nuevos criterios,
nuevos afectos, nuevos intereses, nuevos objetivos.
Nuestra
alma, nuestro espíritu, nuestro hombre interior, ha de ser formado y vivificado
de nuevo (v. Efe_2:10), como una «nueva creación» (comp. con Gén_2:7; 2Co_5:17;
Gál_6:15). Es un nacimiento de arriba, porque se nace a una vida celestial y
divina. Notemos que la vida celestial es una vida bienaventurada. Por
consiguiente, nacer de nuevo es absolutamente necesario para nuestra eterna
felicidad. Es, pues, perfecta la ecuación entre
felicidad y santidad, contra lo que los mundanos se imaginan.”
MARTIN LUTERO
“Estas
palabras devalúan en gran medida las buenas obras y la segunda parte de la
doctrina: la proclamación de la necesidad de las buenas obras. No implica que
Cristo las rechace de plano, sino que son recomendables y deben estar limitadas
al círculo y a la esfera que les son propias. Comparado con la doctrina que
ahora comento, la fe y la regeneración, son auténticamente insignificantes. No
pueden conducir a un hombre a los cielos o hacerle progresar hacia éstos o
hacia la vida eterna. Hay que nacer de nuevo. Sin este nuevo nacimiento, no se
puede ser miembro de la Iglesia. Son palabras de Cristo lúcidas y claras.
Nicodemo es un hombre suficientemente santo, abunda en las buenas obras y llega
hasta humillarse a sí mismo yendo al encuentro con Cristo. Confiesa que el
Señor es maestro de la verdad, sin embargo, éste le dice: «Tu humildad y piedad
no cuenta para nada y no llegarás a los cielos a menos que vuelvas a nacer».
Cualquiera
que acepte y conozca esto, estará capacitado para responder a las magníficas
ideas de turcos y papistas que afirman que un hombre debe atarse la cintura con
un cíngulo, otro llevar cogullas y un tercero marchar en peregrinación. Se
puede afirmar: Aunque os dediquéis a realizar largas oraciones, ayunéis y
edifiquéis casas modestas, nunca os hará merecedores de subir a los cielos. Un
hábito no facilita nada. Está escrito: Es necesario nacer de nuevo, que es lo
mismo que decir: Estáis muertos a pesar de todas vuestras buenas obras,
conducta y vida. Os condena vuestra farisaica y falsa e inútil rectitud. Estas
mismas palabras pueden aplicarse actualmente al papa y a los cardenales y
decirles: «En vuestra condición estáis muertos, condenados y hundidos». Pero no
nos creen.
Lo
ilustraremos con un ejemplo. Un niño que ha de nacer dentro de dos años, aún no
existe. La doncella que lo ha de llevar en su seno, aún no se ha casado. El
niño que ha de nacer de ella no es nada ni puede hacer nada. Todo el mundo estará
de acuerdo en que nadie puede hacer nada hasta tanto no tiene vida. Por tanto,
todas las obras por preciosas y perfectas que sean, no son absolutamente nada
si se llevan a cabo antes de la regeneración, únicamente son pecado y muerte.
En consecuencia, nuestro Señor Jesucristo juzga que Nicodemo y todos los
fariseos, de hecho, toda la nación judía, no aceptan a Cristo ni creen en Él
porque no han nacido de nuevo.
Juzgad
lo que debemos pensar de los que se comportan de forma muy inferior a Nicodemo,
como por ejemplo, los monjes y monjas y todos los papistas, cuyas obras son
pálidas e insignificantes al lado de las de Nicodemo. Ellos también son
incapaces de llevar a cabo nada bueno porque no han nacido de nuevo, sin
importar la cantidad de buenas obras con las que cargan al pueblo.
Esto
no implica que condenemos las buenas obras, pero seguimos manteniendo que
primero tiene que ser capacitado y nacer de nuevo antes de ser capaz de llevar
a cabo auténticas buenas obras. Nos sentiríamos auténticamente felices si
pudiéramos contar con gente que las realiza y tenemos que referirnos a tales
personas en nuestros sermones.
Nuestros
adversarios dicen: «Ingresaré en un convento, me visto con camisa de pelo y un
hábito, asisto a las misas y con ello ya podré ser un cartujo». ¡No significa
nada porque no habéis renacido! Primero debéis ser capaces de llevar a cabo
buenas obras, cosa que los papistas y nuestros enemigos, los monjes no
entienden. Por ello, gritan que prescindimos de las buenas obras. Nada más
incierto. Enseñamos que sólo pueden realizarlas los regenerados, los nacidos de
nuevo y creados para llevarlas a cabo y negamos la capacidad para ello de los
no cualificados y mucho menos si no han renacido. Las obras de Dios son
necesarias pero sólo susceptibles de ser hechas por los que han renacido como
personas nuevas y los que pueden y deben hacerlas. Si un carpintero ha de
construir una casa, es necesario que, antes del edificio, exista el operario.
¿Cómo podría construirlo si aún no hubiera nacido? El mismo razonamiento puede
aplicarse a las buenas obras. ¿En que os benefician la cogulla, la tonsura o
cosas semejantes? ¿Acaso os convierte en un nuevo hombre? Seguramente no. Lo
contrario, en cambio es cierto: una cogulla convierte a un hombre en un
canalla, pero no hace a nadie piadoso. Es evidente que puedo adornarme con un
hábito, pero primero me han de preguntar si he nacido de nuevo y a
continuación, podrán inquirir sobre las buenas obras que he llevado a cabo. Sin
embargo, la gente obra al revés, se precipitan a profesar de monjes o monjas en
el convencimiento de que serán salvados por medio de las obras. Pero,
previamente, han de haber renacido de nuevo, en caso contrario, las obras no
valen para nada.
En
resumen, enseñamos que sin el nuevo nacimiento, todas las obras del hombre no
son nada. Y por esta razón, lo denominamos el elemento más importante de la
instrucción del pueblo, es decir, que lo primero de todo es renacer. Hay que
predicar que todos están muertos y que todo lo demás, la conducta, las órdenes,
el ayuno, etc., no sirven para nada sin alcanzar previamente el perdón de los
pecados. Primero hay que renacer y convertirse en personas nuevas.
Vamos
a examinar la naturaleza de este nacimiento. Su importancia se evidencia en el
doble juramento con el cual Cristo introduce sus palabras: «De cierto, de
cierto, te digo que el que no nace de nuevo», como si dijera: «No imagines,
Nicodemo, que te salvas en razón de tu honestidad y piedad». Admitamos que hay
que vivir honesta, decente y útilmente en este mundo, porque en caso contrario,
no tardará en aparecer en escena el verdugo con la cuerda y el hacha. Y te
dirá: ¡que no querías hacer, ahora tendrás que hacerlo!» Si suponéis que las
buenas obras os facilitarán la entrada al reino de los cielos, no tardaréis en
descubrir que no tienen ningún valor. Las obras y la piedad sólo son de
utilidad para esta vida temporal. Gracias a ellas no se os echa de casa, no
perdéis esposa e hijos y no os arrojan al fondo de una mazmorra. Así, si sois
ciudadanos de Jerusalén, gozaréis de la vida, el honor y la fama en razón de
vuestra respetabilidad. Pero en lo que se refiere al reino de los cielos, a la
Iglesia y al reino de Cristo, habéis de recordar que primero hay que renacer
como un hombre nuevo. Debéis pensar en vosotros mismos como un infante que no
sólo es incapaz de llevar a cabo una sola obra, sino que no tiene vida ni
existencia. Esto es lo que los cristianos predican.
El
mensaje cristiano nos informa que, para empezar, debemos ser personas
completamente diferentes, esto es, debemos nacer de nuevo. Ello ocurre mediante
el Espíritu Santo y el agua (Joh_3:5). Una vez haya renacido y me haya
convertido en piadoso y temeroso de Dios, puedo seguir adelante y será bueno
todo cuanto lleve a cabo en estado regenerado.
Si
Adán hubiera permanecido en el estado de inocencia en el cual fue creado,
podría haberse entregado a sus placeres y deseos personales. Por ejemplo,
podría haber pescado donde le hubiera parecido, cazar petirrojos con trampas o
plantar árboles. Hubieran sido buenas obras y no pecaminosas. Incluso habría
podido criar y lavar a sus hijos, obras también preciosas y meritorias. Ya que
la persona había sido creada pura, buena, recta y santa, todas sus obras
también serían buenas; beber y comer, todo sería excelente. Pero a raíz de la
caída del hombre en el pecado, la bondad desapareció. Peca en todas sus obras,
incluso en sus oraciones porque todo lo que hace es en función de su naturaleza
de pecador. Afecta a todo cuanto hace, incluso ayunar, orar, llevar la vida ascética
del cartujo, vestir el hábito y caminar descalzo. Todo es pecaminoso porque la
persona es mala y no ha nacido de nuevo. Nada de lo que haga vale un ardite.
Por
tanto, Cristo dice a Nicodemo: «He venido a proclamar una nueva doctrina, es
decir, que hay que nacer de nuevo para ser bueno. En verdad, que, desde tiempo
atrás, lo han dicho las Sagradas Escrituras,
pero no lo habéis leído. Incluso llegáis a no comprender el mensaje de
la necesidad de nacer de nuevo antes de ser capaces de realizar buenas obras.
El pecador sólo engendra pecadores; la persona es corrupta». En Mat_7:17;
Mat_7:16, el Señor declara: «el árbol malo da frutos malos; ¿acaso se cosechan
uvas de los espinos o higos de los abrojos?»
Alguien
dirá: «Pero los papistas realizan buenas obras: oran, ayunan, celebran misas»,
replicadles que todo ello no vale nada, que son obras del diablo, sólo espinas
y abrojos porque si el árbol no es bueno, la persona tampoco lo es. Por tanto,
todo cuanto pueda hacer la persona, leer u orar, todo es malo. Pertenece al
nacimiento antiguo y está condenado; y dado que es malo, no puede producir nada
bueno. ¡Ojalá alguien pudiera convencer a los papistas y a los turcos de que
sólo son espinas y abrojos! Aún no han vuelto a nacer, aún pertenecen al
nacimiento viejo.
Cristo
dice: Quiero informar al hombre de que lo voy a hacer santo, no externamente
exhibiendo su rostro sombrío y su excelente conducta ante el mundo, sino que
deseo instruirle en el nuevo nacimiento, reconstruirle de arriba abajo y
purificar su corazón. Las buenas obras no nos facilitan el nuevo nacimiento.
Por eso dice Cristo: «De cierto, de cierto, te digo, que el que no nace del
agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». Es como si dijera:
«Haced todas las obras que os parezcan, dad todo cuanto os apetezca, vestíos
como deseéis, no vale nada frente al nuevo nacimiento». Esta y no otra, es la
intención de nuestro texto. No reza: «Si alguien está dotado de determinadas
virtudes» o «si alguien se viste con un hábito o una cogulla de monje», o «si
alguien lleva una vida así o asá», al contrario todo debe determinarse en base
al nuevo nacimiento.”
WILLIAM BARCLAY
“El Reino del Cielo. ¿Qué quiere decir?
Su mejor definición la encontramos en la Oración Dominical, que contiene dos
peticiones paralelas:
Venga Tu Reino, Hágase Tu voluntad, como
en el Cielo, así también en la Tierra.
Es
característico del estilo hebreo el decir las cosas de dos maneras algo
diferentes, la segunda de las cuales explica y amplía la primera. En los Salmos
encontramos innumerables ejemplos de esta forma poética que se conoce
técnicamente como paralelismo:
Dios es nuestro amparo y fortaleza,
Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Por tanto, no temeremos aunque la tierra
sea removida,
Y se traspasen los montes al corazón del
mar;
Aunque bramen y borboteen sus aguas,
Y tiemblen los montes a causa de su
ímpetu.
Jehová de las ejércitos está con
nosotros;
Nuestro refugio es el Dios de Jacob
(Sal_46:1-3; Sal_46:7 ).
Lávame más y más de mi maldad,
Y límpiame de mi pecado (Sal_51:2 ).
En lugares de delicados pastos me hará
descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará
(Sal_23:2 ).
Apliquemos
ese principio a las dos peticiones de la Oración Dominical: la segunda completa
y explica la primera, y así llegamos a la definición del Reino del Cielo como
una sociedad en la que la voluntad de Dios se hace en la Tierra tan
perfectamente como en el Cielo. Estar en el Reino del Cielo es, por tanto,
llevar una vida en la que lo sometemos todo voluntariamente a la voluntad de
Dios; es haber llegado a una situación en la que aceptamos la voluntad de Dios
de una manera perfecta y completa.
Ahora
vamos a fijarnos en la condición de hijos. En un sentido, es un privilegio
tremendo. A los que creen se les concede el derecho de llegar a ser hijos de
Dios (Jua_1:12 ).Pero es de la misma esencia de la condición de hijos la
obediencia. «Si Me amáis, guardad mis mandamientos.» «El que tiene Mis mandamientos,
y los guarda, ése es el que me ama..." (Jua_14:15 y 21ss). La esencia de la condición de hijos
es el amor, y la esencia del amor es la obediencia. No podemos ser sinceros si
decimos que amamos a una .persona y hacemos cosas que hieren y entristecen su
corazón. Ser hijos es un privilegio del que se participa solamente cuando se
rinde una obediencia .perfecta. Así pues, ser hijos de Dios y estar en el Reino
de Dios son la misma cosa.. Los hijos de Dios y los ciudadanos de Su Reino son
las personas que han aceptado completa y libremente la voluntad de Dios.
Ahora
fijémonos en la vida eterna.
Es mejor llamarla eterna que perdurable. Lo principal de la vida eterna no es
simplemente una cuestión de duración. Está claro que una vida que se prolongara
indefinidamente podría ser un infierno lo mismo que un cielo. La idea que
subyace en la vida eterna es la de una cierta calidad de vida. ¿Cuál? Hay sólo
Uno al Que se le puede aplicar este adjetivo eterno (aiónios), y es Dios. La
vida eterna es la clase de vida que vive Dios, la vida de Dios. El entrar en la
vida eterna es llegar a participar de la clase de vida que es la vida de Dios.
Es estar por encima de todo lo meramente humano y pasajero, y entrar en el gozo
y la paz que pertenecen solamente a Dios. Está claro que no se puede entrar en
esa íntima comunión con Dios a menos que Le ofrezcamos el amor, la devoción y
la obediencia que Le son debidos y que nos introducen en ella.
Aquí tenemos, pues, tres grandes concepciones gemelas: entrar en el Reino del Cielo, llegar a ser hijos de Dios y participar de la vida eterna; y las tres dependen y son productos de la obediencia perfecta a la voluntad de Dios. Aquí es donde se introduce la idea del nuevo nacimiento: es lo que enlaza y armoniza estas tres concepciones. Está claro que, tal como somos y dependiendo de nuestras fuerzas somos absolutamente incapaces de rendir a Dios esa perfecta obediencia; sólo cuando la gracia de Dios llega a tomar posesión de nosotros y nos cambia podemos darle a Dios la reverencia y la devoción que Le debemos. Nacemos de nuevo por medio de Jesucristo; es cuando Le entregamos nuestros corazones y vidas cuando se produce el cambio.”

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